Información práctica

Estructura y función del cuerpo humano
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Los sistemas de la estructura y función del cuerpo humano, más directamente relacionados con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria son:

 

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, de necesidades características, y capaz de: actuar deliberadamente para alcanzar las metas que se propone, asumir la responsabilidad de su propia vida y de su propio bienestar, y relacionarse consigo mismo y con su ambiente en la dirección que ha escogido. 

La idea de ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual, todas las cuales experimentan procesos de desarrollo, y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones en que se describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras, formando un todo en el cual ninguna de las cuatro se puede reducir o subordinar a otra, ni puede ser contemplada de forma aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes y otros, por el contrario, son controlados o intencionados.

Teniendo siempre en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en el desarrollo de ésta actividad de la vida diaria.

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Relación con otras actividades de la vida diaria
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La cantidad y calidad de alimentos sólidos y líquidos que una persona ingiere está modulada por su interacción con el medio interno y externo por lo que, para comprender en toda su amplitud y complejidad el acto de comer y beber, debemos interpretarlo a la luz de la individualidad de cada ser humano.

 

En este sentido, la elección y la preparación de los alimentos están condicionadas por aprendizajes culturales a través de los cuales se construyen tanto los gustos y las preferencias como las ideas y las creencias sobre los alimentos que son buenos y sanos, y los que no lo son, lo que explica que se llegue a excluir los que no estén en la primera categoría. La elección y la preparación de los alimentos también está condicionada por los conocimientos y la capacidad de la persona para seleccionar aquellos que estén en buen estado (condición imprescindible para que el alimento pueda ser tolerado y posteriormente digerido en el tubo digestivo) y garanticen el buen rendimiento físico e intelectual.

Por otra parte, es importante destacar la influencia de la cantidad y la calidad de los alimentos en las restantes actividades de la vida diaria, como la actividad y el ejercicio, el descanso y el sueño, el mantenimiento de la temperatura corporal y en los patrones de eliminación.

Para el funcionamiento del organismo se precisa energía. El corazón, el aparato digestivo, el cerebro, los músculos respiratorios necesitan energía para realizar sus funciones. Además, para el mantenimiento de la temperatura corporal se requiere energía, de la misma forma que una estufa gasta también energía eléctrica. Todo el consumo energético básico que precisa el organismo para mantener sus funciones vitales básicas sin realizar actividad física alguna, se denomina índice metabólico basal y se mide en kilocalorías.

La cantidad de alimentos debe responder a las demandas energéticas del organismo, que se calculan en función del índice metabólico basal, que corresponde al consumo de calorías de una persona en reposo, y varia en función del sexo, la constitución y la edad, y de la actividad física. Si la ingesta es superior a la demanda habrá un aumento de la grasa corporal y, por tanto, de la masa corporal, lo que condicionará la movilidad, según el grado de sobrepeso u obesidad. La masa corporal se mide mediante el índice de masa corporal, que se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la talla en metros elevada al cuadrado. Un valor entre 25 y 30 indica sobrepeso, valores superiores a 30 suponen obesidad. La obesidad puede limitar los movimientos respiratorios y, por tanto, la respiración. Por el contrario, si la ingesta de alimentos es inferior a las necesidades corporales aparecerán carencias y problemas nutricionales más o menos importantes, como pérdida de peso, déficit vitamínico, y baja tolerancia al esfuerzo físico y mental.

La cantidad de comida ingerida también puede influir en el sueño de una persona. La cantidad y calidad del sueño pueden verse alteradas tanto por la toma de una comida copiosa cercana a la hora de acostarse como por el hambre; en ambos casos se dificulta la inducción al sueño.

La ingesta de una dieta equilibrada, tanto en nutrientes como en calorías, permite una buena regulación de la temperatura corporal y asegura el mantenimiento de la piel y los tegumentos en buen estado. Las personas con una dieta baja en calorías disminuyen la producción de calor y, por tanto, perciben más fácilmente la sensación de frío. Algunos autores sostienen que la temperatura sanguínea influye en los centros del apetito, de tal forma que cuando nos exponemos al frío hay una tendencia a ingerir más alimentos para producir calor y para disponer de más grasa que sirva como aislante térmico. Por el contrario, un incremento de la temperatura produce un descenso del apetito.

La cantidad y la calidad de sólidos y líquidos ingeridos va a influir en los productos excretados a través de la orina y las heces, no sólo condicionando las características, como el olor y el color de heces y orina, sino afectando directamente a la consistencia de las primeras. Por ejemplo, una dieta con la proporción adecuada de fibra, líquidos y grasas favorece la eliminación de heces de consistencia blanda con defecaciones indoloras y sin esfuerzo excesivo.

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En función del grupo de edad y etapa de desarrollo
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1. Vida intrauterina, 2. Neonato-lactante, 3. Preescolar, 4. Escolar, 5. Adolescentes, 6. Adulto joven y maduro, 7. Adulto mayor.

 

 

1. Vida intrauterina 

Una correcta alimentación es importante durante toda la vida e incluso desde el mismo momento de la concepción. Las proteínas son el nutriente esencial para el desarrollo fetal y son especialmente importantes durante la infancia y la adolescencia. Parece especialmente importante la ingesta proteica en la etapa de desarrollo que va desde la vida intrauterina hasta los cinco años. Esta etapa es crítica para el crecimiento del sistema nervioso central. Se ha demostrado que las dietas ricas en proteínas contribuyen de manera importante al desarrollo de la capacidad intelectual. Otro nutriente imprescindible es el calcio, del que el organismo requiere grandes cantidades para el crecimiento y el desarrollo del esqueleto y otros tejidos. Debido a esta razón se recomienda a las madres durante el periodo de gestación que se aseguren de introducir en la dieta alimentos ricos en proteínas y calcio.


2. Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)

En las últimas décadas se está poniendo gran énfasis en la alimentación con la leche materna. Los datos de la Encuesta Nacional de Sanidad revelan que el 65 % de los neonatos son criados con lactancia materna hasta la sexta semana de vida, porcentaje en el que ha influido de manera decisiva la información y la educación para la salud dada por enfermeras, matronas y pediatras sobre las ventajas de la lactancia materna y la manera de gestionarla.

El recién nacido suele ser alimentado a demanda, y manifiesta su hambre llorando y la satisfacción del apetito succionando más lentamente o durmiéndose. Es habitual que haya regurgitaciones (vuelta a la boca del contenido del estómago pero sin los esfuerzos del vómito) debido al cierre incompleto del esfínter inferior del esófago.

En esta etapa, las necesidades hídricas son, en proporción, mayores en los neonatos que en los adultos, debido a su índice metabólico, su escasa capacidad de concentración urinaria y la mayor proporción de perdidas a través de la piel y los pulmones. Pero este mayor requerimiento de agua queda cubierto exclusivamente con la lactancia, ya sea materna o con fórmula. Cuando abandonan la etapa de lactancia, es importante vigilar la sensación de sed del bebé y responder a su demanda no comunicada de manera verbal.

A partir de los seis meses suelen necesitar suplementos de hierro y empiezan a salir los primeros dientes temporales o de leche; el resto suele salir con una frecuencia de uno al mes hasta llegar a los 20 meses, preparándose progresivamente para morder.

Al final de esta etapa, se recomienda promover el contacto con alimentos de diferentes texturas, que ayuden al aprendizaje de una buena masticación del niño, siempre asegurando el control del riesgo de atragantamiento. Los últimos alimentos que se le deben dar son los frutos secos, ya que debido a la masticación y la insalivación incompletas pueden ser aspirados al intentar deglutirlos. Los pequeños trozos de frutos secos alojados en la vía respiratoria, si no son eliminados por la tos, pueden ir aumentando de tamaño por la humedad de las mucosas respiratorias y provocar la asfixia por obstrucción de la vía respiratoria.


3. Preescolares (de 19 meses a 5 años)

Cuando los niños comienzan a andar suelen tener la mayoría de los dientes temporales, por lo que pueden morder y masticar, al tiempo que la maduración del tracto intestinal les permite digerir la mayoría de los alimentos de los adultos. Sus necesidades calóricas disminuyen respecto a las de los lactantes y tienen menos riesgo de desequilibrios hídricos. La madurez del sistema nervioso les da autonomía para manipular los utensilios de comer, llevarse la comida a la boca y beber por sí mismos.

A medida que el niño crece se introducen progresivamente diversas texturas y sabores, y su sensibilidad tanto a éstos como a los olores les lleva a aceptar o rechazar ciertos alimentos. También en esta etapa suelen aprovechar el momento de las comidas para manifestar su estado de ánimo o sus emociones, incluso rehusando la toma de ciertos alimentos como expresión de su necesidad de autoafirmarse.

Es aconsejable que los cuidadores o padres promuevan la manipulación autónoma de los utensilios de comer, a la vez que eviten utilizar ciertos alimentos como premio o castigo. Las actuaciones que favorezcan la autonomía y eviten el castigo disminuirán el rechazo hacia algunos alimentos, a la vez que favorecerán la buena relación del niño con los mismos.


4. Escolares (de 6 a 12 años)

Si bien hay grandes variaciones, la dentición temporal del escolar suele mudar entre los seis y los trece años, que es cuando aparecen los primeros molares definitivos. Aunque en esta edad es frecuente encontrar niños que no desayunan, diversos estudios recomiendan que el desayuno se considere una comida importante, ya que un aporte suficiente ayuda al niño a mantener la atención, a aumentar la energía y a mejorar su habilidad para resolver problemas. Se aconseja dedicar el tiempo suficiente para tomar la tríada compuesta por lácteos, cereales y frutas frescas, que se puede completar con otros alimentos proteicos.

El colectivo infantil y juvenil es el grupo de población en el que se ha identificado un mayor riesgo de alimentación inadecuada y mayor consumo de ácidos grasos saturados (con alto potencial de producir arteriosclerosis). Este aumento de riesgo se asocia frecuentemente a un bajo nivel socioeconómico, al sexo femenino (las niñas tienen mayor riesgo que los niños), a un nivel formativo bajo de la madre, al número de hermanos (a mayor número, más riesgo) y, como ya hemos mencionado anteriormente, a la mala calidad del desayuno.

En un estudio llevado a cabo por M. Rizo en 1998 en la comunidad alicantina, se evidencia que el aporte de proteínas es suficiente tanto en niños como en adultos, si bien este mismo estudio desvela diferencias alimentarias entre los niños y los adultos. La ingesta de lácteos en los niños es doble que en los adultos y comen más carne que éstos, pero menos pescado. También detecta una disminución del consumo de huevos, ricos en proteínas de alto valor biológico, que se asocia a la avalancha informativa sobre el alto nivel de colesterol que contienen. En las dietas equilibradas se recomienda el consumo de 3-4 huevos por semana.

Respecto a los alimentos ricos en hidratos de carbono, se constata que los niños consumen más pasta, frente al consumo tradicional de legumbres y arroces de los mayores; no suelen comer pan con las comidas y lo toman en forma de bocadillos entre horas. Sería recomendable la introducción en la dieta de mayores cantidades de legumbres y frutas (una pieza de fruta fresca en cada comida) y equilibrar el consumo de carne y lácteos. 

Infancia 
Alimentación en la infancia y en la adolescencia 


5. Adolescentes (de 12 a 18 años)

Las necesidades de los adolescentes en lo que respecta al aporte de nutrientes y calorías aumenta durante la fase del “estirón” y se recomienda una ingesta de alimentos ricos en proteínas, calcio, vitamina D y hierro. Sus preferencias, que condicionan la cantidad y el tipo de alimentos, responden a factores e impulsos físicos, sociales y emocionales, que a su vez guardan relación con el aumento de la incidencia de anorexia, bulimia, obesidad y alcoholismo en este grupo de edad.

En esta etapa con frecuencia persiste la costumbre de desayunar poco, agravada por la tendencia a sustituir las comidas tradicionales por comida “basura” y la generalización del “picoteo” entre horas.

El grupo de jóvenes es el grupo en el que se ha detectado mayor consumo de complementos vitamínicos. Concretamente los jóvenes de nivel socioeconómico medio-alto es uno de los grupos que más suplementos vitamínicos consume a fin de “sentirse bien”, “mejorar la respuesta inmune” o “tener más energía”, aunque demuestran un conocimiento limitado sobre los efectos beneficiosos que las vitaminas pueden tener para la salud.

Según un estudio realizado por Sánchez (2004) en el que revela los distintos intereses por los alimentos asociados al género, los chicos se interesan por conocer cuáles son los alimentos que engordan y cuáles les permiten estar en buenas condiciones para rendir en el deporte; es decir, se centran en cómo mejorar su rendimiento físico. Por su parte, el interés de las chicas es más estético y quieren saber las propiedades de los alimentos como guía o ayuda en las dietas de adelgazamiento y para mejorar las afecciones de la piel.

Tanto en los niños como en los adolescentes se constata un cambio de hábitos alimentarios. Algunos estudios muestran una disminución en porcentaje de hidratos de carbono de la dieta en beneficio de un aumento paralelo de proteínas. Se tiende a perder el hábito de consumir pan en las comidas para comerlo sólo en forma de bocadillos. Se consolida e incrementa la tendencia a consumir productos lácteos en sustitución de la fruta del postre.

Se insiste en que estos nuevos hábitos alimentarios deben ser reconducidos hacia incorporar a las dietas más vegetales, fruta fresca y legumbres. También se recomienda en la adolescencia cubrir necesidades de calcio, hierro y zinc. El calcio contribuye al crecimiento de la masa ósea, el hierro favorece el desarrollo muscular y de los hematíes (glóbulos rojos) y el zinc también contribuye al desarrollo de la masa ósea y muscular.

Adolescencia
Alimentación en la infancia y en la adolescencia 

 

6. Adultos jóvenes y adultos maduros (de 19 a 25 años y de 26 a 65 años)

En este grupo de edad la dieta se distribuye en tres tomas (desayuno, almuerzo y cena), aunque actualmente es frecuente que el almuerzo se haga fuera del hogar, debido a la distancia que hay entre éste y los centros de trabajo. Este grupo de edad es el que ha sufrido un mayor cambio generacional en los hábitos alimentarios. El ritmo de vida actual ha hecho que en muchos casos pasaran de ingerir comida casera, en su domicilio y normalmente en compañía, a comer deprisa, solos y, en el peor de los casos, a saltarse el almuerzo, la cena o el desayuno.

Estos cambios, junto con el crecimiento del nivel adquisitivo, la influencia de las costumbres alimentarias del exterior y el descenso de la actividad física están produciendo un incremento de la tasa de obesos en este grupo que, como ya se ha mencionado anteriormente, se asocia a los grupos de nivel cultural y socioeconómico más desfavorecidos, con especial susceptibilidad de las mujeres mayores de 45 años.

La dieta de los adultos debe ajustarse a las proporciones recomendadas. No hay pruebas que indiquen un aumento de necesidades de vitaminas o de otros suplementos, a menos que hayan sido prescritos por carencias específicas.

Adultez
Alimentación saludable

 

7. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante)

En la madurez tardía disminuye el número de calorías que se requieren, porque el índice metabólico basal desciende. Este declive del metabolismo se relaciona con cambios en las hormonas tiroideas (T3 y T4). De todas formas, aunque el número de calorías que se requiere disminuye, debe mantenerse una dieta equilibrada para conservar una correcta función metabólica. Algunos nutrientes, como el como el calcio, pueden ser necesarios en mayores cantidades para compensar o prevenir las pérdidas de masa ósea y otras alteraciones.

En ocasiones hay una disminución de la producción de saliva que, junto con la pérdida de piezas dentarias, puede causar dificultad de masticación y limitar el tipo de alimentos que se ingieren, y predisponer a la aparición de deficiencias nutricionales. La reducción progresiva de la secreción ácida gástrica hace que algunas personas se quejen de ardor de estómago o eructos. También es característica la reducción de la sensación de sed que en ocasiones se agrava con una restricción de líquidos autoimpuesta para compensar la incontinencia urinaria.

Si bien los ancianos suelen ser cuidadosos con sus horarios y no saltarse ninguna comida, hay estudios que indican que a menudo siguen una dieta desestructurada, algunas personas de este grupo de edad no introducen en sus comidas un primer plato de legumbre o verduras, un segundo de carne o pescado, y fruta de postre. Según los estudios, las personas con un estado socioeconómico bajo, las que viven solas, las que tienen una edad más avanzada y las mujeres con un nivel formativo bajo son las que llevan las dietas más desestructuradas, por lo que estos grupos son considerados como un grupo de riesgo de malnutrición.

No se pueden hacer unas recomendaciones generales en este grupo de edad, al ser muy heterogéneo por su diversidad de situaciones físicas, cognitivas y psicológicas. Las recomendaciones para las personas mayores obedecerán a sus condicionantes fisiológicos, físicos, psíquicos y de su estado nutricional. Una recomendación generalizada en la que insisten los dietistas es la importancia de una dieta variada.

Vejez

 

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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad
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Las acciones que llevamos a cabo para ingerir alimentos no sólo se ven influenciadas por condicionantes socioculturales y económicos, tal como hemos visto anteriormente, sino también por aspectos como la edad, la etapa de desarrollo y el sexo. Estos aspectos modifican las necesidades nutricionales y el tipo de alimentos que debemos consumir en determinadas etapas de la vida. 

  1. Sexo 
  2. Patología  
  3. Relacionadas con el tratamiento

 

1. Sexo 

Los hombres tienen mayores necesidades calóricas que las mujeres. Se estima que su índice metabólico basal es de un 5% a un 7% superior al de la mujer. Los comportamientos de los hombres y las mujeres frente a los alimentos también parecen ser diferentes. Los hombres atribuyen el impulso de comer al propio placer de hacerlo, mientras que las mujeres lo relacionan con estados de humor negativos, como el aburrimiento y el estrés, lo que las hace propensas a los sentimientos de culpa por las transgresiones.

 

Mujeres en edad fértil

Las mujeres en edad fértil tienen una mayor pérdida de hierro por las hemorragias menstruales, por lo que es necesario un aporte suficiente del mismo para evitar carencias que conducirían a la anemia. En condiciones normales y con una dieta equilibrada no se requieren suplementos dietéticos férricos, dado que en esta etapa la absorción intestinal está aumentada.


Mujeres embarazadas

El embarazo normal comporta múltiples cambios de los procesos metabólicos destinados a permitir el crecimiento y desarrollo fetal. Entre ellos está una utilización de la glucosa más rápida, que conlleva una disminución de los niveles de la misma en sangre, sobre todo en la segunda mitad del embarazo, lo que predispone a la llamada cetosis. Se entiende por cetosis el estado caracterizado por una elevada concentración de cuerpos cetónicos en la sangre, como resultado del catabolismo de las grasas en ausencia de glucosa. Por tanto, debido a esta razón, las mujeres embarazadas deben evitar periodos de ayuno superiores a las 6-8 horas y, sobre todo, no deben saltarse el desayuno.

Las necesidades de agua y sal están aumentadas y los requerimientos energéticos son mayores entre las semanas 10 a 30 de la gestación, cuando se acumula una parte sustancial de la grasa materna. Teóricamente el gasto energético que el embarazo comporta supone un consumo añadido de 200 a 300 calorías por día, aunque las necesidades aumentan si se lleva a cabo actividad física.

En cuanto a los nutrientes específicos, se requiere un mayor aporte de proteínas, calcio, hierro, zinc, vitaminas D, E, ácido ascórbico y vitaminas del grupo B. La mayoría de las mujeres que viven en países desarrollados y siguen una dieta equilibrada, con productos lácteos y de origen animal, sobrepasan las exigencias mínimas de estos elementos y no precisan suplementos. No son recomendables las dietas vegetarianas estrictas durante la gestación, dada la necesidad de una alimentación variada.

Hay cierto efecto beneficioso de los suplementos vitamínicos con ácido fólico para la prevención de la espina bífida en el recién nacido. Se ha demostrado que un exceso de determinadas vitaminas puede producir efectos tóxicos en el feto. 

Embarazo
Alimentación y embarazo 

 

Mujeres posmenopáusicas

En estado de premenopausia y posmenopausia se recomienda un aumento del aporte de calciovitamina D para prevenir la osteoporosis y se recomienda especial atención al control de peso, ya que durante esta etapa se tiende a aumentarlo debido a la disminución de actividad física y metabólica. 

Menopausia

 

3. Patología 

  1. Con respecto a las patologías que afectan a la sed, cabe diferenciar entre dos grupos opuestos: los que disminuyen y los que aumentan la sensación de sed. 
    • Como patología que disminuye la sensación de sed, se identifica la llamada hipodipsia primaria, que se caracteriza por el hecho de que la sed no despierta en situaciones en que el aumento de la concentración de electrolitos en sangre es tal que debería presentarse el deseo de beber. 
    • Entre las patologías que conllevan un aumento de la sensación de sed, se encuentra la polidipsia primaria, cuando aparece el deseo de beber sin que la concentración de electrolitos en sangre esté aumentada.

      Generalmente estos trastornos son muy poco frecuentes y se producen cuando hay lesiones en los mecanismos que regulan la sed en el sistema nervioso central, como cirugía de aneurismas cerebrales, tumores que afectan a estructuras hipotalámicas, craniofaringioma, gliomas o metástasis, traumatismos cerebrales, hidrocefalia y sarcoidosis. Cabe destacar que en las psicosis como la esquizofrenia es relativamente frecuente (hasta un 20%) encontrar polidipsia, con sed intensa, aunque la concentración de electrolitos en sangre esté disminuida, lo que se acompaña de la reaparición del deseo de beber en un lapso de tiempo exageradamente corto en comparación con los sujetos normales.
  2. Igualmente entre las patologías que se relacionan con el apetito se pueden diferenciar las que provocan aumento y las que provocan disminución del apetito. 
    • Son muchas las patologías que provocan la reducción del apetito o anorexia. En general, todo tipo de enfermedades infecciosas y tumorales pueden causarla. En los trastornos del aparato digestivo, ya sean benignos, como la gastritis o la úlcera, o tumores malignos, la anorexia y la pérdida de peso suelen ser los primeros indicadores. La anorexia acompaña a procesos benignos como la gripe, al tiempo que puede ser el primer síntoma de enfermedades como el SIDA, la tuberculosis o las micosis sistémicas. La reducción del apetito puede tener como causa patologías de muy diversa índole como: i) enfermedades endocrinas, como la insuficiencia suprarrenal, el hipotiroidismo y el feocromocitoma; ii) entre las enfermedades neurológicas, se encuentran el accidente cerebrovascular (ACV), la enfermedad de Parkinson y las demencias y trastornos degenerativos neuromusculares; iii) entre los trastornos conductuales o psiquiátricos, destacan la depresión, la ansiedad, el alcoholismo y, por supuesto, la anorexia nerviosa.  
    • A diferencia de las múltiples patologías que cursan con anorexia, hay pocas enfermedades en las que el apetito aumente. Entre ellas destacan los trastornos hormonales, como la hiperfunción corticosuprarrenal, o síndrome de Cushing, y las lesiones que afectan al hipotálamo, como tumores, traumatismos o enfermedades inflamatorias.

  
Por otro lado, son diversas y numerosas las enfermedades y trastornos en que el seguimiento de una dieta concreta y pertinente constituye una parte sustancial del tratamiento, lo que implica no sólo consumir determinados alimentos y evitar otros, sino también controlar la cantidad y la distribución de los mismos a lo largo del día. Sirvan como ejemplo situaciones como la hipertensión, la diabetes, la insuficiencia renal, las hepatopatías, la celiaquía, los síndromes de mala absorción, la obesidad, las dislipemias, las enfermedades metabólicas o los trastornos del aparato digestivo, entre otras muchas.

 

4. Relacionadas con el tratamiento

Ciertos tratamientos con sus efectos secundarios también influyen sobre la sed y el apetito: 

  1. Algunos de los medicamentos que provocan un aumento de la sensación de sed son los que pertenecen al grupo de los anticolinérgicos, espasmolíticos, opiáceos y algunos antidepresivos. Estos medicamentos inducen sequedad de boca como efecto secundario y, por tanto, producen un aumento de la sensación de sed. El efecto opuesto, es decir, una disminución de la sensación de sed se puede manifestar en personas tratadas con fármacos depresores del sistema nervioso central. 
  2. Entre los medicamentos que aumentan el apetito se encuentran los preparados hormonales, como los corticoesteroides, los anticonceptivos o la terapia hormonal sustitutiva y los medicamentos antipsicóticos, tanto los clásicos como los atípicos (algunos estudios indican que hasta el 50 % de las personas que toman antipsicóticos aumentan de peso). El tratamiento intensivo con insulina produce aumento de peso, aunque no se han comprobado sus efectos sobre el apetito. Por el contrario, los fármacos que inducen anorexia (pérdida de apetito) no son muy numerosos. Entre éstos están los antibióticos, los antiinflamatorios no esteroideos, los antidepresivos inhibidores de la recaptación de serotonina, los antiparkinsonianos, como la levodopa, y algunos hipotensores.

Medicamentos

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Última modificación: 26/07/16 07:46h

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