Información práctica

Estructura y función del cuerpo humano
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Los sistemas de la estructura y función del cuerpo humano más directamente relacionados con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria son:

 

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, de necesidades características, y capaz de: actuar deliberadamente para alcanzar las metas que se propone, asumir la responsabilidad de su propia vida y de su propio bienestar, y relacionarse consigo mismo y con su ambiente en la dirección que ha escogido.

La idea de ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual, todas las cuales experimentan procesos de desarrollo, y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones en que se describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras, formando un todo en el cual ninguna de las cuatro se puede reducir o subordinar a otra, ni puede ser contemplada de forma aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes y otros, por el contrario, son controlados o intencionados.

Teniendo siempre en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en el desarrollo de ésta actividad de la vida diaria.

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Relación con otras actividades de la vida diaria
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Cada persona adquiere sus propios hábitos con respecto a dormir y descansar. Por eso, encontramos una gran diversidad de comportamientos. Parte de las rutinas que una persona establece para dormir derivan de su aprendizaje y de la importancia que da al acto de dormir. Para comprender los comportamientos individuales con relación al sueño, es preciso analizar cómo se interrelacionan con otras actividades diarias. A continuación, se exponen las siguientes situaciones: comer y beber, eliminar, moverse, evitar peligros y prevenir riesgos.

 

Comer y beber. Hay personas que para inducir el sueño necesitan tener el estómago lleno, por lo que ingieren líquidos o algunos alimentos; sin embargo, otras sólo pueden acostarse con el estómago vacío, cuando hayan transcurrido algunas horas desde la última comida. Los últimos estudios asocian la falta de sueño o sueño reducido nocturno con un aumento del apetito y la obesidad. Un estudio belga con voluntarios sanos a los que se privó de horas de sueño durante un periodo de entre dos y seis días documentó las consecuencias endocrinas y metabólicas que acarrea el robar horas al descanso. El efecto más importante de estas alteraciones neuroendocrinas era el aumento del apetito, especialmente de alimentos hipercalóricos y ricos en hidratos de carbono, que provocan una sobrealimentación y, en último término, una ganancia de peso. 


Eliminar. También se requieren ciertos hábitos de evacuación y de higiene para que la persona sienta el confort preciso para relajarse. La sensación de tener la vejiga llena o de querer defecar son estímulos poderosos que impiden la relajación y, consecuentemente, la inducción del sueño. 


Moverse. Cada persona ha aprendido a relajarse en una determinada postura que le permite inducir el sueño con más facilidad. Cuando, en determinadas situaciones de enfermedad o coyunturales, la persona no puede adoptar su postura habitual, la calidad del sueño puede verse deteriorada. 


Evitar peligros y prevenir riesgos. Una persona puede tener capacidad para relajarse y desconectar del entorno y de las preocupaciones, sin que interfieran de forma importante en la inducción y la calidad del sueño. Sin embargo, otra persona puede sentir que las preocupaciones actúan como un estímulo sobre el centro activador de la vigilia, de modo que dificulten la inducción del sueño y provoquen ensoñaciones intranquilas, lo que afecta la calidad reparadora y relajante del mismo.

La percepción de un entorno seguro y confortable es tan diversa como diversas son las experiencias y aprendizajes personales. Hay quien se relaja con la oración, la música, la lectura, la televisión o la radio, o quien, de lo contrario, necesita silencio absoluto; otros lo hacen con un ambiente más fresco o, en cambio, prefieren uno más cálido; uno puede sentirse relajado durmiendo acompañado, al lado de personas conocidas, mientras que otro puede no soportar la falta de espacio e intimidad; hay quien sólo puede dormir con luz o en total oscuridad, con mucha o poca ropa de cama, con almohada o sin ella, vestido o desnudo, con la ventana abierta o cerrada. Todas estas variedades son aprendizajes y experiencias positivas que influyen en la percepción de un entorno seguro y confortable.

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En función del grupo de edad y la etapa de desarrollo
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El proceso de dormir es una vivencia individual no definida por la cantidad sino por la calidad, expresada por la persona. Hay a menudo diferencias entre lo que las personas manifiestan acerca de su sueño y las conclusiones que se obtienen objetivamente de él, de modo que es difícil determinar la cantidad de sueño requerido para un funcionamiento óptimo del cuerpo humano.

1. Neonato, 2. Lactante, 3. Preescolar, 4. Escolar, 5. Adolescentes, 6. La higiene del sueño del lactante al adolescente, 7. Adultos jóvenes y adultos maduros, 8. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado

 

  

1. Neonato (del nacimiento al primer mes)

En el recién nacido, el ritmo de sueño es más corto que en el niño mayor o en el adulto. El bebé duerme aproximadamente 18 horas, interrumpidas por momentos de excitación debidos al hambre, la incomodidad y la intranquilidad. El niño todavía no tiene adaptado su reloj biológico y no puede diferenciar entre el día y la noche. A esta edad, el sueño es particularmente sensible a los cambios de temperatura; así, la exposición al frío altera la continuidad del sueño y el tipo del mismo, de tal forma que aumenta el tiempo de sueño activo (REM) a costa de una disminución del sueño tranquilo (NREM).


2. Lactante (del mes a los 18 meses)

Los niños duermen la mayoría de sus horas durante la noche y van entrando en el ritmo circadiano. Hasta los cuatro o los seis meses, el niño destina a dormir entre 14 y 15 horas al día. Estas horas van disminuyendo a medida que se incrementa su interacción con el entorno. En el sueño del lactante, predominan las fases III y IV, correspondientes al sueño profundo. Sin embargo, a partir del año de edad, el patrón de los ciclos de sueño REM y NREM es similar al del adulto.

En esta etapa, el niño comienza su aprendizaje de hábitos y rutinas para dormir. En nuestra cultura, algunos padres priorizan sus actividades sociales sobre las necesidades de sueño fisiológicas de sus hijos, de modo que alteran sus horarios. A veces, en bares y restaurantes, se puede ver a niños dormidos en sus sillas o en brazos de los padres, en posiciones no favorables y rodeados de estímulos no favorecedores del sueño. Se recomienda a los cuidadores respetar el horario biológico de los niños y mantener su horario establecido para dormir por la tarde y por la noche.

Cuando el niño sufre interrupciones en el sueño, con despertares y llamadas de atención a los padres, puede vivir estas situaciones con excitación y ansiedad. Con relativa frecuencia, los padres establecen estrategias para que el niño duerma solo en su cama y aprenda a respetar el espacio de los adultos durante la noche. Ante este hecho, la antropóloga Carol Wortam, de la Univesidad Emory de Atlanta, en sus estudios antropológicos en diez sociedades sobre los patrones de sueño, observó que los niños de las diferentes culturas que se despertaban durante la noche y obtenían respuestas a su demanda de ser confortados y atendidos por los padres adecuaban en poco tiempo su reloj biológico. Los niños, cuando se despiertan y se ven separados de los padres, pueden interpretar inconscientemente y simbólicamente que se les aparta de su amor y su atención. Algunos autores alertan que debemos evitar confundir lo que es deseable para la salud humana con las preferencias actuales y expectativas que nuestra sociedad marca con respecto al comportamiento de los niños.

3. Preescolares (de 19 meses a 5 años)

El niño preescolar duerme entre nueve y diez horas, incluyendo el tiempo de siesta. A esta edad, los niños tienen desarrollados sus hábitos para dormir, pero sus horas de sueño pueden sufrir interrupciones debido a las pesadillas.

 

4. Escolares (de 6 a 12 años)

El escolar tiene establecido el horario de su reloj biológico, de modo que regula la hora de acostarse y levantarse. Sabe protegerse de los estímulos externos que pueden afectar negativamente a su sueño. A esta edad, el dormir puede interrumpirse por las pesadillas o los terrores nocturnos. Las primeras son más frecuentes en las niñas, mientras que los segundos son más comunes en los niños.

Para el bienestar de los niños, es recomendable acomodar las actividades diurnas a su nivel de energía y evitar la prolongación de su jornada escolar con otras actividades complementarias. Algunos estudios han demostrando que el porcentaje de niños que duermen las horas adecuadas es del 72%, aunque un 63% de ellos percibe que son insuficientes. De estos últimos, cerca de la mitad manifiestan levantarse cansados. Es frecuente que estos niños comiencen el día escolar a horas muy tempranas (es común ver a niños esperando el autobús a horas en las que todavía no hay luz solar).

Infancia y reposar y dormir
Infancia

Niño durmiendo y soñando en su habitación

 

5. Adolescentes (de 12 a 18 años)

Parece que la producción cíclica diaria de melatonina (una neurohormona que responde a los cambios de iluminación e induce el sueño) en los adolescentes es diferente que en otros grupos de edad. Por eso puede que sus niveles de melatonina sean elevados en los momentos en que se supone que debería despertarse para ir al colegio, o que sean bajos por la noche, cuando debería acostarse. Ese desajuste repercute negativamente en la calidad del sueño.

Algunos estudios identifican el mal dormir de los adolescentes como uno de los factores que causan fracaso escolar, ya que conlleva problemas de conducta, disminución de la atención y la escucha, disminución del rendimiento cognitivo y aumento del riesgo de sufrir accidentes, en particular de tráfico. Los estudios revelan que los adolescentes necesitan dormir entre nueve y nueve horas y media diarias para no tener dificultad para despertarse por la mañana i tener un buen rendimiento fisiológico y favorecer el equilibrio emocional.

Adolescencia y reposar y dormir
Adolescencia

 

6. La higiene del sueño del lactante al adolescente

El ser humano invierte aproximadamente un tercio de su vida en dormir.

Se ha demostrado que el sueño es una actividad necesaria, ya que cumple una función reguladora y reparadora en el organismo para contrarrestar los efectos del cansancio y del desgaste de la vigilia. Asimismo, al dormir el organismo incrementa la producción de sustancias que regulan y aumentan la respuesta inmunitaria.

El sueño infantil hace referencia al período, diurno o nocturno, durante el cual los niños descansan, asimilan y organizan lo que han visto y aprendido; maduran física y psíquicamente, e empiezan a ser autónomos respecto a sus padres y al mundo exterior, durante unas horas de sueño que varían según su edad y sus hábitos.

Los especialistas en la materia están de acuerdo en que la salud y el crecimiento de los niños se hallan estrechamente ligados a sus ritmos biológicos y de sueño.

Para poder comprender y detectar los momentos en los que se producen ciertas alteraciones del sueño, es importante conocer la fisiología del mismo.

Más información y consejos de salud clic aquí.

 

7. Adultos jóvenes y adultos maduros (de 19 a 25 años y de 26 a 65 años)

Los jóvenes y adultos establecen sus propios patrones de dormir. Su sueño lento predomina durante el primer tercio de la noche, y supone del 15% al 25% del sueño total. Este grupo suele manifestar alteraciones del sueño debido a estímulos importantes de tipo ambiental, físico, intelectual y emocional. En los adultos, es frecuente la interferencia de las actividades diarias con el patrón y el horario establecidos en sus hábitos.

Se estima que entre un 10% y un 15% de la población adulta tiene problemas de insomnio crónico, entendido como la dificultad para iniciar o mantener el sueño o como la falta de sueño reparador durante al menos un mes. Al igual que en los adolescentes, la mala calidad del sueño puede provocar somnolencia durante el día y alteraciones anímicas, dificultades con la memoria, mal rendimiento, accidentes e incapacidad para disfrutar de la vida.

Es importante evitar las consecuencias negativas que acarrea dormir poco y mal; por eso, hay que establecer medidas para garantizar el buen dormir y así mejorar la calidad de vida y el rendimiento intelectual y físico.

Adultez y reposar y dormir
Adultez 

 

8. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante)

Los patrones de sueño varían con la edad. En las personas mayores disminuye la cantidad de tiempo de sueño y aumenta el número de despertares durante la noche. Esto se traduce en quejas con respecto a la calidad del sueño. Desde la adolescencia, se va produciendo una disminución lenta y progresiva de la duración del sueño profundo (disminución de las fases III y IV de NREM), que se va remplazando por un aumento del sueño más superficial (fases I y II). Ésta es la razón por la cual las personas mayores suelen manifestar insatisfacción ante la calidad de su sueño. El adulto mayor avanzado se duerme con facilidad y espontáneamente durante el día. Se estima que alrededor del 20 % de ancianos presenta algún grado de somnolencia diurna, cuya etiología se establece en los estados depresivos, los despertares nocturnos, el sedentarismo y la limitación de la actividad diaria.

Según estudios realizados en la provincia de Alicante, un 40% de las personas mayores consulta cuestiones relacionadas con los trastornos del sueño en algún momento. Otro estudio en la provincia de Guadalajara señala que el 50% de las personas ancianas que viven en su domicilio tienen algún trastorno del sueño, un porcentaje que llega a los dos tercios en los ancianos institucionalizados (hospital o centro residencial). El insomnio persistente afecta la calidad de vida de la persona mayor de forma importante.

Para favorecer un sueño conciliador, se aconseja promover la actividad diurna con actividades físicas, intelectuales o de relación que mantengan a la persona activa, y así evitar la inactividad, que rápidamente sume a la persona en la somnolencia.

Vejez y reposar y dormir
Vejez 

 

 

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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad
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  1. En función del sexo 
  2. Según la patología 
  3. Relacionadas con el tratamiento

 

1. En función del sexo

 
Mujeres embarazadas 

La mujer embarazada manifiesta una necesidad acrecentada de dormir durante el primer y el tercer trimestre. La secreción de hormonas, como los estrógenos y la progesterona, aumenta durante el embarazo, y favorece la tendencia al sueño. El estradiol (un tipo de estrógeno) aumenta el tiempo total de sueño e incrementa, sobre todo, la duración de la fase REM. Durante el primer trimestre, aparece somnolencia diurna, insomnio y despertares nocturnos, que contribuyen a una disminución de la calidad del sueño. Sin embargo, en el segundo trimestre, el sueño tiende a normalizarse, aunque una minoría de las embarazadas (19 %) sigue teniendo problemas relacionados con él. En el tercer trimestre, se despiertan de tres a cinco veces por noche y duermen durante el día un promedio de 65 minutos, de modo que empeora la calidad de sueño y disminuye su atención diurna. Las razones a las que se atribuyen estos trastornos son la nicturia (orinar durante la noche), el dolor de espalda, los movimientos fetales, molestias abdominales, calambres musculares y el ardor epigástrico (Santiago, 2001). 

Embarazo

 

Mujeres posmenopáusicas

El insomnio, definido como la dificultad de iniciar o mantener el sueño y la aparición de despertares precoces, es una queja frecuente de las mujeres posmenopáusicas. Las mujeres que se encuentran en la menopausia sufren insomnio y despertares nocturnos a causa de la drástica disminución en los niveles de estrógenos; estas alteraciones disminuyen cuando se recurre a terapia con estrógenos.

Menopausia

 

2. En función de la patología

Los problemas de sueño son manifestaciones comunes entre la población adulta y mayor. Entre ellos, hay que diferenciar los que responden a síntomas de alteraciones emocionales o psicológicas de los que se deben a determinadas patologías. Estas patologías pueden desencadenar alteraciones por defecto o por exceso, esto es, provocar más o menos horas de sueño.

Con respecto a las patologías que producen alteraciones del sueño por defecto, se encuentran:

  1. Las alteraciones emocionales y mentales, como la depresión o manía, la ansiedad, la esquizofrenia, etc. 
  2. Las patologías que cursan con dolor y molestias que no responden a pautas analgésicas o paliativas, como las enfermedades reumáticas, las relacionadas con dificultades respiratorias (asma, bronquitis crónica, insuficiencia cardiaca congestiva con episodios de disnea paroxística nocturna), el reflujo gastroesofágico, etc. 
  3. La insuficiencia renal crónica y la insuficiencia hepática (a causa de las alteraciones metabólicas) y el hipertiroidismo (por activación endocrina). 
  4. La demencia, que puede presentar un trastorno en la coordinación del ciclo sueño-vigilia caracterizado por deambulaciones errantes durante la noche.

   
Las alteraciones del sueño por exceso son conocidas como somnolencia o hipersomnia. Se caracterizan por episodios diarios prolongados de sueño nocturno y diurno, durante al menos un mes, que provocan un deterioro significativo de las funciones de la persona. Entre las patologías asociadas a estas alteraciones, se encuentran:

  1. Algunos trastornos del sueño asociados a la respiración, denominados también apnea de sueño (cese momentáneo de la respiración). Estos trastornos cursan con disminuciones de oxígeno en la sangre que provocan el despertar por activación cerebral. Como consecuencia, este sueño interrumpido no resulta reparador y, por tanto, causa somnolencia diurna. Es un problema que puede darse en personas que roncan, a menudo obesas y con condiciones patológicas, aunque sólo una mínima proporción de los roncadores lo sufre. 
  2. Las patologías que cursan con astenia o cansancio, como el hipotiroidismo. 
  3. La narcolepsia, una condición que dura de por vida y que se caracteriza por una somnolencia excesiva, debida a la aparición de fases de sueño REM durante el día. Las personas que la sufren presentan, durante el día, ataques irresistibles de sueño de 10 a 20 minutos de duración, tras los que se sienten descansadas. Estas crisis se producen en los momentos más inesperados, incluso cuando mantienen una atención intensa hacia algo que les resulta muy interesante. 
  4. La hipersomnia idiopática, que se caracteriza por una excesiva somnolencia diurna y breves y frecuentes siestas, de las que el sujeto no despierta descansado. Aparece en la juventud y dura de por vida. 

 

 

3. Relacionadas con el tratamiento

Existen varios tipos de fármacos que alteran el sueño, tanto por defecto (insomnio), como por exceso (somnolencia o hipersomnia):

  1. Con efectos secundarios de insomnio, se encuentran los antidepresivos tricíclicos y los inhibidores de la recaptación de serotonina, como Fluoxetina Prozac®, y los hipolipemiantes, como la lovastatina y la simvastatina, mientras que la pravastatina no parece interferir con el sueño. También pueden predisponer al insomnio algunos antiretrovirales como el abacavir, el tenofovir y el efavirenz. Los corticosteroides, utilizados para múltiples enfermedades, producen cierta excitación del sistema nervioso, por lo que dificultan la conciliación del sueño. Aunque hoy día no se utilizan mucho, los derivados de la teofilina pueden producir insomnio por su acción excitante. Los andrógenos pueden potenciar el síndrome de apnea de sueño (suspensión momentánea de la respiración) en sujetos predispuestos. El interferón beta, utilizado para el tratamiento de la hepatitis o la esclerosis múltiple, entre otros usos, puede inducir dificultad en el sueño y somnolencia diurna. Los medicamentos utilizados en los niños para el tratamiento del trastorno de déficit de atención con hiperactividad producen, como efecto indeseable, alteraciones en el sueño. El síndrome de abstinencia de los opiáceos también cursa con severa excitación e insomnio. Los betabloqueantes y los fármacos utilizados para trastornos psicológicos, tanto los antipsicóticos como los antidepresivos, producen alteraciones en el tipo de sueños (pesadillas, alucinaciones o sueños vívidos). 
  2. Con efectos secundarios que producen somnolencia, se encuentran, en primer lugar, las benzodiazepinas, utilizadas para el tratamiento de la ansiedad y para el insomnio, cuya toma, si se suspende de forma brusca en una persona que las ha tomado durante cierto tiempo, produce un síndrome de rebote, caracterizado por una recurrencia del insomnio mayor a la que existía antes del inicio del tratamiento, por lo que se recomienda una reducción progresiva de la dosis cuando se pretende suspender dicho tratamiento. Los antihistamínicos de primera generación también facilitan la inducción del sueño.

    Asimismo, los analgésicos derivados de la morfina pueden inducir un sueño de muchas horas de duración, que suele ser atribuido a una dosificación excesiva, pero que puede tratarse de la recuperación del sueño en una persona exhausta por el padecimiento doloroso, que le ha impedido el sueño durante varias noches previas.


Medicamentos

 

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Última modificación: 27/05/21 13:10h

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