Información práctica

Estructura y función del cuerpo humano
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El sistema de la estructura y función del cuerpo humano, más directamente relacionado con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria es:

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, de necesidades características, y capaz de actuar deliberadamente para alcanzar las metas que se propone, asumir la responsabilidad de su propia vida y de su propio bienestar, y relacionarse consigo mismo y con su ambiente.

 

La idea de un ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual, todas las cuales experimentan procesos de desarrollo, y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones en que se describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras, formando un todo en el cual ninguna de las cuatro se puede reducir o subordinar a otra, ni puede ser contemplada de forma aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes y otros, por el contrario, son controlados o intencionados.

Teniendo en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente las modificaciones o alteraciones de algunos de los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en el desarrollo de esta a actividad de la vida diaria: 

 

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Relación con otras actividades de la vida diaria
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Existe una estrecha relación entre las actividades dirigidas a trabajar y a divertirse y el resto de actividades de la vida diaria.

1. Respirar, 2. Comer y beber, 3. Eliminar, 4. Moverse, 5. Reposar y dormir, 6. Evitar peligros, 7. Comunicarse.

 

Respirar. Las actividades vinculadas al trabajo o al ocio pueden llevarse a cabo al aire libre o en espacios cerrados, lo que conlleva diferencias cualitativas en el tipo de aire inspirado. Determinados trabajos se asocian hoy día a ciertas enfermedades profesionales debido a la inhalación de tóxicos que, a largo plazo, producen enfermedades crónicas de carácter profesional que, en determinadas circunstancias, pueden llegar incluso a poner la vida en serio peligro.


Comer y beber.
La cantidad y la calidad de los alimentos debe responder a las demandas energéticas del organismo, que derivan del grado de actividad física generado por el tipo de actividad laboral o recreativa. En el caso de que la ingesta sea superior a la demanda, se producirá un aumento progresivo de la grasa corporal y, por tanto, de la masa corporal, que se va a traducir en sobrepeso u obesidad.

Por el contrario, si la ingesta de alimentos es inferior a las necesidades corporales, aparecerán carencias y problemas nutricionales más o menos importantes como pérdida de peso, déficit vitamínico y baja tolerancia al esfuerzo físico y mental. La obesidad y la debilidad pueden limitar la amplitud de movimientos y la resistencia muscular y, por tanto, condicionar la elección de las actividades físicas.


Eliminar.
Los hábitos y las rutinas a la hora de eliminar pueden estar restringidos debido a la priorización de las responsabilidades sociales frente a las necesidades fisiológicas. Algunas personas reconocen que inhiben las ganas de miccionar y, especialmente, de defecar cuando están fuera de su espacio íntimo o cuando estas necesidades aparecen en el momento en que hay que atender a tareas sociales relacionadas con el trabajo o la diversión.


Moverse.
El sistema musculoesquelético sufre afectaciones por la actividad derivada del trabajo o del deporte, bien sea porque se realizan en defecto o en exceso, o de manera inadecuada. Los estudios ponen de relieve que muchas lesiones se pueden prevenir mediante la aplicación de medidas ergonómicas, es decir, con el uso de objetos que se adapten a la anatomía y a la funcionalidad del movimiento humano. En otras ocasiones, las lesiones surgen por exceso de actividad o por un calentamiento muscular insuficiente. El control de estos dos factores, junto con una adecuada mecánica corporal, evitará la fatiga muscular, los esguinces, la rotura de fibras, las contracturas, etc. 


Reposar y dormir.
El exceso de actividad y las preocupaciones, sobre todo al final del día, producen una sobreestimulación del sistema nervioso que no facilita la fase de relajación imprescindible para inducir el sueño. De la misma manera, con una actividad o una estimulación escasa durante la vigilia tampoco se favorece la inducción al sueño, ya que no se alcanza el nivel necesario de cansancio que provoca la desconexión de los estímulos externos.


Evitar peligros y prevenir riesgos.
El riesgo está presente tanto en las actividades de trabajo como en las de esparcimiento. Tanto unas como otras someten a la persona a una diversidad de riesgos de accidentes ambientales y psicosociales. Por ello es necesario llevar a cabo estas actividades con una buena condición física y un buen equilibrio psicológico, así como utilizar adecuadamente el equipamiento y adoptar medidas preventivas para mantenerse en un estado saludable.

Además de los riesgos inherentes a ciertas actividades, hay que considerar la personalidad de quien las realiza. Las conductas de riesgo se dan más frecuentemente en personas que buscan nuevas sensaciones. Estas conductas arriesgadas generan en ellas sensaciones positivas. En cambio, otras características de la personalidad, como el tesón y el optimismo, se relacionan con conductas saludables.


Comunicar e interaccionar socialmente.
En las actividades de trabajo y de ocio, se pueden diferenciar las actividades grupales de las individuales. Las actividades grupales favorecen la interacción entre los miembros del grupo y promueven la comunicación, el compañerismo e incluso la amistad. Siempre que las relaciones entre los miembros del grupo sean satisfactorias, las actividades contribuirán a evitar el aislamiento y favorecerán el bienestar psicológico.

El tipo de relaciones establecidas en el ámbito del trabajo va a estar muy condicionado por las motivaciones particulares de cada persona. Si alguien siente una fuerte motivación hacia el poder, empleará estrategias de comunicación que le permitan influenciar a los demás y ejercer el liderazgo, y centrará buena parte de sus esfuerzos, más que en la propia tarea a desarrollar, en obtener prestigio y posición, sin importarle establecer relaciones de rivalidad. Por el contrario, si la persona está más motivada por su necesidad de pertenencia, se esforzará en interaccionar con los otros para agradarles y buscará establecer relaciones interpersonales cercanas y estrechas, de cooperación y no de competitividad.

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En función del grupo de edad y la etapa de desarrollo
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En situaciones normales, el trabajo y la diversión están presentes en la práctica totalidad de la vida, si bien en cada individuo y en cada etapa de la vida alcanzan más o menos relevancia. Así, por ejemplo, el ocio ocupa la mayor parte del tiempo en los dos extremos del ciclo vital.

El autoconcepto y la autoestima se van desarrollando continuamente durante el ciclo vital y, a lo largo de él, pueden sufrir modificaciones o transformaciones. Los psicólogos reconocen que las interacciones sociales desempeñan un papel crucial en el desarrollo de la autoestima. En efecto, hay personas que ejercen una mayor influencia en el desarrollo de la autoestima. Se consideran personas significativas los individuos o los grupos que tienen una especial importancia en una etapa determinada, como por ejemplo los padres, los amigos, los jefes, los maestros y los profesores, los hijos, etc. 

En cada etapa de desarrollo se identifican diferentes metas y objetivos que derivan de la búsqueda de autorrealización y de la definición del sentido de la propia vida, así como del esfuerzo por superar las dificultades.

1. Neonato-lactante, 2. Preescolar, 3. Escolar, 4. Adolescente, 5. Adulto, 6. Adulto mayor.

 

1. Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses) 

El bebé nace con un conjunto de reflejos que, junto a los hábitos, hacen que llegue a representar acontecimientos. A las dos o tres semanas, es capaz de imitar algunos gestos de la cara. A los cuatro meses, presenta conductas casi intencionadas. Entre los 8 y los 12 meses, comienza a mostrar conductas intencionadas (inteligentes) y puede anticipar acontecimientos. Entre los 12 y los 18 meses, experimenta activamente (introduce variaciones en sus tareas repetitivas para obtener nuevos resultados) y es capaz de imitar sonidos, movimientos y gestos. A partir del primer año comienza a elegir qué coger y qué soltar de acuerdo con sus deseos, y experimenta sus primeros sentimientos de autocontrol y sus primeras experiencias de autonomía. 


La investigación sobre el desarrollo infantil demuestra que en el recién nacido aparecen signos de interés hacia el entorno ya a las pocas horas de vida. Este interés se manifiesta en el hecho de que fija su mirada en un objeto o una persona. Los primeros juegos consisten en ejercitar las habilidades innatas y en practicar con las capacidades que van apareciendo: son juegos de ejercicio, caracterizados por movimientos muy frecuentes y una observación atenta.

La maduración del niño le permite la interacción con el cuidador (generalmente, la madre o el padre), con lo que se generan los juegos de interacción social, que consisten en actividades como dar palmadas o el cucú (el adulto esconde la cara tras las manos y se descubre diciendo cucú). Son juegos en los que inicialmente el niño tiene poca iniciativa, si bien progresivamente va ganando en protagonismo hasta llegar a ser el iniciador y el director de la actividad. Los bebés sienten emociones de agrado y desagrado en su interacción con lo que les rodea, y muestran preferencia por los estímulos que les producen placer.

Si el desarrollo ha transcurrido por el camino deseado, al final del primer año de vida la persona sentirá confianza en sí misma y en los demás. Este logro se deberá al modo en que se relaciona con ella la persona que la cuida, generalmente, su madre, que interpreta sus conductas atribuyéndoles significado en el marco de su cultura (el niño llora porque tiene hambre, se queja porque tiene sueño, etc.) y le ofrece en todo momento atención sensible a sus necesidades, además de marcarle límites consistentes. Si este tipo de relación no se da, los niños aprenden a esperar amenazas y dolor, y experimentan el mundo como un lugar impredecible. Por el contrario, si recibe un cuidado adecuado, el niño percibe el mundo como algo predecible y coherente, lo que favorece la experiencia de seguridad y hace posible la creación del sentimiento de esperanza y el deseo de actuar, que constituyen puntos fuertes en el carácter de una persona. Observar sus movimientos, sus gestos, su llanto, sus sonrisas, interpretar si son peticiones, muestras de incomodidad o de placer y responder a ellas ayuda al desarrollo del autoconcepto y de la autoestima del bebé. Asimismo, favorece el desarrollo del niño rodearlo de un clima de confianza y proporcionarle señales afectivas, mediante sonrisas y caricias, y materiales, mediante personas, objetos y espacios.

Niños en el parque jugando y divirtiendose

2. Preescolar (de 19 meses a 5 años)

De los 19 meses a los 4 años, el niño desarrolla la capacidad de representar el mundo con palabras. Hacia los 24 meses, puede representar mentalmente las tareas como experimentación interna. A medida que crece, siente más confianza en sí mismo e imita las actividades y los roles de los adultos. El niño reconoce en los objetos lo que les es común a pesar de la diversidad de sus características. Así, una pelota es para él una pelota, aunque cambie su color o su textura.

A los cuatro años, el niño ya tiene pensamiento narrativo y memoria personal. Su razonamiento es egocéntrico: sólo es capaz de considerar su propio punto de vista y no distingue entre experiencias subjetivas y realidad. A esta edad, el niño también empieza a razonar, usando como base la intuición, pero no la lógica. En la fase inicial de esta etapa, el desarrollo motor le dota de autonomía y se inicia en la cooperación con otros niños e incluso con los adultos. Gracias a su desarrollo, puede pasar de un pensamiento concreto a uno más abstracto que le permite la iniciación en el juego simbólico o de ficción, cuya particularidad es precisamente la representación de objetos o de personas no presentes. A través de este tipo de juegos, especialmente a medida que van ganando en complejidad, se producen muchos de los procesos de socialización. Estos juegos resultan fundamentales en la construcción del yo y en el mantenimiento de su integridad.

La experiencia gradual de autonomía relacionada con la discriminación de objetos y su manipulación, junto con la adquisición de la postura erecta al empezar a caminar, la conciencia de uno mismo y la experiencia de desafío, de poner a prueba a objetos de su medio, permite al niño darse cuenta de que es visible a los demás, de manera que aprende a autocontrolarse. Si se mantienen las condiciones de relación de cuidado se fomentará el crecimiento de la autoestima, el orgullo y el desarrollo de otras fortalezas centrales para la acción en general y el trabajo y la diversión en particular, la voluntad y el sentido de dignidad.

Alrededor del cuarto y quinto año, el niño supera la interacción dirigida por el desafío y comienza a interaccionar a partir de proyectos. Persigue tener metas y es consciente de buena parte de las restricciones presentes en su vida cotidiana, lo que le permite distinguir entre las obligaciones y las actividades libres, que él mismo puede planificar y realizar. En esta etapa se desarrolla la intencionalidad.

Se aconseja proponer al niño tareas sencillas en las que obtenga éxito, apoyar la validez de su iniciativa y de sus resultados, incitar su sentido de responsabilidad y reforzar la satisfacción por lo que hace. Estas experiencias contribuirán a su desarrollo y a su autoestima.


3. Escolar (de 6 a 12 años)

A esta edad, el niño empieza a considerar otros puntos de vista y es capaz de realizar transformaciones mentales en las que ya está presente la lógica. La elevada autoestima de los primeros años puede verse reducida cuando traspasa las fronteras del mundo familiar para acudir a la escuela y entrar en contacto con otras familias. Estos contextos le pueden devolver una información acerca de sí mismo menos positiva que la que se había formado.

El niño mantiene un control de su comportamiento tomando como referencia los roles de las personas cercanas. Se da cuenta de que, poco a poco, las actividades obligatorias van a ir ampliándose, mientras que va disminuyendo su tiempo para la expresión libre, que quedará limitada al tiempo de juego. El desarrollo de nuevas destrezas como el autocontrol de sus caprichos y de sus deseos permite al niño descubrir que cumplir con las obligaciones también puede ser gratificante. La experiencia de adecuación y competencia para la actividad que desarrolla en la escuela ofrece al niño una visión más realista de sus capacidades para manejarse en su cultura, lo que produce cambios en la autoestima, que, generalmente, disminuye.

Alrededor de los seis o siete años, aparecen los juegos de reglas. Estos juegos se caracterizan por permitir unas acciones y prohibir otras, es decir, están sujetos a reglas. Hay que aprenderlos y culminan con un resultado positivo (ganar) o negativo (perder). El escolar compara sus éxitos y fracasos con los de los demás y adquiere mecanismos de adaptación. Además, estos juegos son, con frecuencia, juegos de equipo. Esto supone aprender que la acción individual afecta y forma parte de la acción colectiva. Una versión adulta y moderna de estos juegos son los deportes, de importancia reconocida como mecanismo de aprendizaje y de cohesión social.

El escolar es exigente consigo mismo, asume responsabilidades y desarrolla el sentido de la competencia y de la perseverancia. Elabora sus metas y evalúa sus resultados, y la respuesta de los otros influye en la construcción de su autoestima. Para su adecuado desarrollo, se aconseja enseñarle a trabajar y a compartir experiencias con sus semejantes, facilitarle la puesta en marcha de proyectos, darle responsabilidades, animarle a terminar lo iniciado y acompañar y apoyar las evaluaciones y la búsqueda de soluciones. 

Infancia 

 

Adolescente (de 12 a 18 años)

El desarrollo biológico cambia la imagen del adolescente y afecta su autoconcepto. Psicológicamente, el adolescente también se siente extraño y busca su nueva identidad. Este momento de la vida se caracteriza por la presencia de cambios biológicos y sociales asociados a la pubertad, que conllevan a veces una duda acerca de las propias capacidades y posibilidades. Esto se traduce en una nueva reducción de la autoestima. La búsqueda de valores es central en esta etapa, así como la afirmación de la idea que se tiene de uno mismo ante los iguales, de quienes se espera reconocimiento a través del éxito en los estudios, el deporte y las relaciones con los chicos y las chicas. Es común a esta edad la elección de la actividad profesional y la experiencia con nuevas posibilidades de ocio. La lealtad es una fortaleza del carácter que se desarrolla en esta etapa de la vida.

En nuestra sociedad desarrollada económicamente, se ha retrasado significativamente el momento en que los adolescentes asumen responsabilidades domésticas y familiares, de modo que pueden dedicar más tiempo a las actividades de ocio. Entre las actividades lúdicas de los adolescentes, destacan las que se llevan a cabo en interacción con otros de su mismo grupo de edad. La gran mayoría elige salir de marcha, con la finalidad de relacionarse con otros jóvenes, beber y tomar drogas, aunque hay jóvenes que declaran salir de marcha sin beber alcohol o consumiéndolo sólo esporádicamente. Los jóvenes consideran salir de marcha como algo saludable, porque se encuentran con sus amigos, ligan, rompen con la rutina y liberan estrés. Al mismo tiempo, para algunos subgrupos, salir se convierte en la única alternativa para integrarse socialmente, y a veces, en una rutina. En cualquier caso, los jóvenes entienden el salir de marcha como un fenómeno transitorio que se modera con la edad y con la situación afectiva. El “botellón”, consistente en tomar bebidas alcohólicas en la calle, es una moda que, según ellos, genera una costumbre relacional mediatizada por el consumo de alcohol.

El adolescente necesita aprender técnicas de autoafirmación, emprender proyectos en colaboración y aceptar las consecuencias de sus elecciones y de sus acciones. Necesita sentirse valioso e importante en su grupo de amigos. Muchos comienzan a experimentar con sus propias metas vitales. 

Adolescencia 

Niños buceando en el mar

 

5. Adulto joven y adulto maduro (de 19 a 25 años y de 26 a 65 años)

En los jóvenes, la identidad alcanzada en la etapa anterior se consolida y les permite expresarse ante los otros, de modo que pueden comprometerse con los demás y son capaces de entregarse sin miedo a diluirse, a perder su identidad. Esto también les dota de capacidad para distanciarse. La autoestima puede mantenerse sin cambios o, por lo contrario, disminuir o aumentar.

Entre los 19 y los 25 años, aún pueden estar ensayándose metas vitales de forma experimental. Los jóvenes ponen en marcha varios proyectos laborales, familiares, sociales, en los que ponen a prueba sus competencias y buscan gratificación, reconocimiento social. Es importante que elijan con realismo, en función de su potencial y de sus capacidades. Hoy día, muchos jóvenes retrasan estos proyectos. Una importante mayoría de jóvenes no puede identificarse a través del trabajo, ya que a menudo no pueden ejercer una profesión acorde con su capacitación académica.

Hay autores que consideran que las dificultades para el acceso y la inserción al mundo laboral han convertido la búsqueda de trabajo en un proceso cargado de incertidumbre y, a la vez, lento, largo, arriesgado, diversificado y complejo. Todo esto lleva a establecer estrategias para prolongar los estudios, a retrasar la salida del hogar de los padres y a combinar la formación con el trabajo. Los jóvenes diferencian entre la inserción laboral (cualquier ocupación retribuida) y la inserción profesional (ocupación retribuida en la profesión para la que han sido formados). A los jóvenes se les pide capacidad para emprender, para proyectar su vida y para tomar decisiones, pero echan en falta una profesión, un oficio que les defina profesionalmente y les dé estabilidad. La actual organización del trabajo exige dedicación exclusiva y mantiene a las personas jóvenes en la inseguridad y la precariedad laboral, de modo que se enfrentan a la responsabilidad de ser padres con dudas, tensión y temor. Por otra parte, en la última década y en las generaciones más jóvenes, se observa una inversión de términos, ya que el trabajo aparece en un papel secundario en su escala de prioridades. Se está pasando del vivir para trabajar de los mayores actuales al trabajar para vivir de los más jóvenes. Las actividades de esparcimiento juegan un papel primordial en la satisfacción de la vida de los jóvenes. Su finalidad es la de relacionarse, desestresarse, romper con la rutina. Los jóvenes de uno y otro sexo participan en actividades conjuntas, cuya elección está condicionada por las limitaciones personales y las posibilidades económicas.

Entre los 26 y los 45 años, las metas vitales están definidas de forma definitiva. De los 46 a los 65 años, se comienza a evaluar y a valorar en qué medida la vida real se acerca o no al proyecto formulado.

Los adultos han de asumir el papel de cuidadores y orientadores de las nuevas generaciones, lo que les conduce a tratar de conciliar la vida laboral con el resto de obligaciones familiares. En esta edad la autoestima suele experimentar un aumento, vinculado a la madurez y a la aceptación de uno mismo.

Con frecuencia, los adultos se enfrentan a elecciones difíciles, se producen cambios de metas ocupacionales, laborales y familiares, ante los que tienen que hacer reajustes. En esta etapa se refuerzan las aficiones, es decir, las actividades ante las cuales la persona experimenta distracción o evasión, puede romper la rutina, dedicarse a la creación o encontrarse a sí misma, etc. Las preferencias están condicionadas por factores como el nivel económico, el grupo social, el sexo o la ideología. 

Adultez 

 

7. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 años en adelante)

En este grupo de edad, el cese de las actividades laborales y los cambios de rol conllevan una alteración vital importante que contrasta con la necesidad de aceptar la vida que se ha llevado y de sentir satisfacción por ella. La fortaleza que hay que alcanzar es la seguridad. En muchos casos, la variedad de pérdidas, de índole afectiva, social, económica, etc., comporta una disminución de la autoestima. Sin embargo, esta reducción puede no darse si se logra desarrollar la fortaleza central de esta etapa de la vida, es decir, la seguridad. Si la persona ha alcanzado las metas generales que se había propuesto en su vida, es más fácil que esta etapa sea un periodo de plenitud.

Las personas mayores de hoy en día pueden apreciar un cambio de valores con respecto a los mayores de su época. Ellas han vivido en un gran respeto y en una gran consideración hacia las personas mayores. En efecto, en décadas pasadas, las personas de edad disfrutaban de un respeto profundo. Los ancianos solían tener un papel social muy relevante: a menudo tenían la última palabra en cuestiones importantes para el conjunto de la familia o de la comunidad. Antes, la autoridad tanto del hombre como de la mujer aumentaba, por lo general, con la edad. Por el contrario, en las sociedades industrializadas, las personas mayores tienden a perder autoridad en el ámbito familiar y en el conjunto de la comunidad social. Las personas mayores son expulsadas del escenario económico y productivo, y tienen que enfrentarse, en muchas situaciones, a una pérdida de poder adquisitivo.

La jubilación se percibe como una etapa de reajuste, en ocasiones traumática, en la que los mayores se esfuerzan por mantener sus intereses y ser activos socialmente. Ante la jubilación, una persona puede emprender distintas acciones, dependiendo de cómo se sentía en su trabajo y de su capacidad de abrirse a nuevos aprendizajes y a nuevas experiencias. Algunas personas experimentan sentimientos de inutilidad, a no ser que asuman papeles alternativos que reemplacen el rol profesional que les proporcionaba autoestima. Cuando la actividad laboral era rutinaria y sin ratos de ocio, puede sobrevenir un problema al no encontrar modos de llenar el tiempo libre que conlleva la jubilación. Si la persona se sentía realizada con su actividad laboral, en su jubilación puede tratar de seguir haciendo algo parecido; si, por el contrario, el trabajo le resultaba una actividad poco gratificante, tendrá que comenzar a realizar otras actividades que llenen el tiempo libre.

Las investigaciones han mostrado que existe una relación entre el tipo de actividades practicadas y la satisfacción vital. La participación de los mayores en actividades grupales se traduce en niveles más altos de bienestar subjetivo, en una disminución del sentimiento de soledad y en una mayor facilidad para afrontar los cambios derivados del envejecimiento. Las personas que llevan a cabo actividades fuera de casa y practican actividad física manifiestan menores síntomas de depresión y perciben un mejor bienestar físico y psicológico. Por el contrario, las personas que hacen actividades pasivas, como ver la televisión, han expresado malestar psicológico. Aun corriendo el peligro de generalizar, varios autores consideran que la actividad física y la socialización son los ejes básicos sobre los que giran las actividades de esparcimiento de las personas mayores. Estas actividades les protegen de disfunciones del conocimiento y favorecen la adaptación a la vejez.

En la vejez disminuyen progresivamente las capacidades físicas y mentales, de modo que se reduce la velocidad de movimientos, disminuyen las aptitudes sensoriales y, consecuentemente, aumenta la dependencia. A las pérdidas físicas se añade la pérdida de las redes familiares de ayuda, la salida del hogar, el desarraigo de las pertenencias y el alejamiento de la familia. Todos estos aspectos sumen a la persona mayor en situaciones de franca infravaloración. Esta época de la vida requiere que la persona ajuste las actividades a sus capacidades físicas decrecientes y, al mismo tiempo, que siga recibiendo reconocimiento y amor por parte de las personas cercanas. Aunque pueden aparecer sentimientos de desesperación, es importante tomar las medidas adaptativas adecuadas: liberarse de un estatus demasiado aferrado a la edad, juzgarse con humanidad y permanecer en interacción positiva con el entorno, participando en actividades y eventos sociofamiliares, conservando el control de las actividades cotidianas y del proyecto de vida. 

Vejez 

 

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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad
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  1. Relacionadas con el sexo
  2. En función de la patología
  3. En relación con el tratamiento

 

1. Relacionadas con el sexo

Para comprender la diversidad de comportamientos ante el trabajo y el ocio es imprescindible tener en cuenta, además de la clase social, la ideología y la edad, el sexo, por las diferencias que conlleva en la socialización.

Desde la infancia, la familia condiciona fuertemente el aprendizaje de los roles sexuales y favorece la elección de unas actividades u otras. En los adolescentes, por ejemplo, se aprecian diferencias sexuales con respecto al ocio. El estudio realizado por el Consejo de la Juventud de España recoge que los chicos menores de 18 años declaran mayoritariamente que juegan al fútbol en el tiempo libre, mientras que, entre las chicas, el abanico de deportes que practican es más amplio. Los chicos manifiestan hacer deporte por divertirse y un alto porcentaje de ellos identifica el deporte con la competición; en cambio, las chicas relacionan más el deporte con el ejercicio físico. Este estudio también matiza que el nivel de competición desciende de forma llamativa en las mujeres y en los varones urbanos y se incrementa en los varones rurales. Los chicos eligen actividades deportivas de riesgo y un pequeño porcentaje de ellos participa en asociaciones u organizaciones sociales. Las chicas menores de 18 años dedican el tiempo libre fundamentalmente a estudiar y a ver la televisión; los chicos, además de ver la televisión, hacen deporte.

Hoy está prácticamente asumida la igualdad de oportunidades en la formación de hijos e hijas de una misma familia. En las generaciones actuales también se aprecian cambios en la paternidad con respecto a generaciones anteriores. Los padres asumen cada vez más la responsabilidad del cuidado y de la educación de los hijos, tradicionalmente vinculada a las madres. Con ello, afloran en los padres sentimientos más femeninos. Este nuevo rol de padre se muestra con orgullo y es valorado positivamente, cada vez más, por diferentes sectores de la sociedad.

Por otra parte, las mujeres que optan por tener hijos ven la maternidad como una amenaza debido a las nuevas demandas y a la incompatibilidad con las actividades laborales, que exigen dedicación plena para ajustarse a los horarios.

En las generaciones actuales se acepta con normalidad una más amplia gama de masculinidades y feminidades. También han surgido múltiples modelos de familia o de relaciones de pareja que se alejan de un modelo único: parejas homosexuales o heterosexuales, con o sin hijos, familias biparentales y monoparentales, solteros, casados, divorciados y casados en segundas nupcias, parejas intergeneracionales, etc.

En los grupos de mediana edad, coexisten los modelos tradicionales junto con los nuevos, en los que se presenta cierta intercambiabilidad de roles de género, como resultado de una mayor apertura política, ideológica y económica. Los hombres de estas generaciones siguen manifestando una continuidad de los valores tradicionales con respecto al trabajo, con pequeños cambios. Los cambios importantes se observan en las mujeres que optan por su autonomía y eligen trabajar fuera de casa, aunque los espacios laborales y profesionales que suelen ocupar son los considerados tradicionalmente como femeninos: educación escolar, enfermería, limpieza, cuidado de enfermos o de personas mayores, servicios, trabajos administrativo o relacionados con el ámbito doméstico. La actividad que desarrollan es importante para ellas mismas, para su satisfacción personal y por su independencia y su autonomía. Pero la independencia personal y económica se compagina con el deber de cuidar a otros, lo que deriva en un sobreesfuerzo por compatibilizar el mundo profesional con el doméstico. En la actualidad, la maternidad está dejando de ser el eje sobre el que gira la vida de la mujer: ahora la maternidad es una opción, una decisión de la mujer y, en el caso de optar por ella, no se le otorga un papel principal.

Con respecto al ocio, la elección tiene condicionamientos sociales. La elección está condicionada por la posibilidad de disponer de tiempo y de espacio propios, y la disponibilidad de tiempo y de espacio no es la misma en ambos sexos. A los hombres, el tiempo propio les viene dado; en contraste, el tiempo de la mujer está mediatizado por las necesidades y las demandas del cuidado de la familia que surgen en su entorno inmediato; sólo cuando tales demandas desaparecen puede haber una redefinición del tiempo propio. En nuestra sociedad, la tendencia es que las mujeres dispongan de un tiempo propio en la medida en que se liberen de las cargas familiares. Esta liberación puede provenir de su personalidad y de su empeño por tener tiempo o por su posición socioeconómica. El desahogo económico es el que con mayor peso incide en el logro del tiempo liberado. Un estudio establece una relación directa entre la libertad de elección de actividades y la clase social. No se consigue tiempo compartiendo las tareas con la pareja y el resto de los miembros de la familia, sino a partir de la ayuda del servicio doméstico. Así, a la mujer, el tiempo le viene dado por su posición social, que conlleva un menor peso de las tareas domésticas y, en consecuencia, una mayor disponibilidad de espacios y tiempos propios.

Las personas que hoy se consideran mayores han sido socializadas en una clara oposición de roles hombre-mujer, que condiciona la forma de manifestarse de cada uno de ellos, les asigna espacios diferenciados y les distribuye distintas responsabilidades con respecto al trabajo, a las tareas domésticas, y a las actividades de cuidado y de ocio.

Los hombres de edad avanzada fueron socializados en un sistema de género que les ponía como metas conseguir un trabajo y mantener una familia. Estos hombres manifiestan un sentimiento de orgullo con relación a la valoración de su estatus laboral, su capacitación profesional y su reconocimiento social. Ellos estructuran su vida y sus relaciones sociales alrededor del trabajo. El matrimonio era para ellos una finalidad importante y asumían el deber y la obligación de mantener a su mujer y a la familia.

La mujer se casaba para ser mantenida y a su vez se comprometía a asumir las responsabilidades de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. Las tareas domésticas eran el eje de sus actividades y relaciones. En algunos casos, la precariedad económica obligaba a la mujer a buscar alguna actividad remunerada. Tanto los hombres como las mujeres de esta generación suelen estar satisfechos por el deber cumplido si han atendido adecuadamente las necesidades familiares.

En las personas mayores de hoy en día, esta vivencia de roles suele ser diferente en el hombre y en la mujer. La mujer sigue involucrada en las tareas de casa, pero el hombre jubilado se ve abocado a un reajuste de su tiempo propio o tiempo liberado. Entonces el hombre tiende a ocupar su tiempo a relacionarse, a buscar actividades fuera de casa o a implicarse en los cambios actuales involucrándose en las responsabilidades domésticas. En muchas ocasiones, los hombres han de buscar un nuevo espacio dentro del entorno privado que supone el hogar, un ámbito que culturalmente ha sido reservado a las mujeres.

Con respecto al ocio, el Centro de Investigaciones Sociológicas elaboró un trabajo que recogía que los hombres hacen actividades como pasear, ir al bar o practicar juegos de mesa, mientras que las mujeres ven la televisión. Los hombres, pues, hacen más actividad física y las mujeres dedican el tiempo a actividades más pasivas. Asimismo, las viudas participan, en mayor proporción que las casadas, en actividades de ocio para mantenerse ocupadas.

 

2. En función de la patología

Es obvio que cualquier enfermedad que afecte la movilidad o que produzca fatiga muscular, así como los fallos en la función de órganos vitales, como la insuficiencia cardiaca, respiratoria, renal o hepática, sobre todo en fases avanzadas, o la anemia severa, van a condicionar tanto la elección de las actividades laborales como de ocio. No hay que olvidar que las enfermedades cancerosas o infecciosas tienen, en determinados casos, una repercusión general y condicionan la actividad que la persona puede desarrollar.

Las alteraciones en los órganos de los sentidos como la vista y el oído, las enfermedades cognitivas como la demencia, bien sean congénitas o adquiridas, también limitan las actividades que se pueden realizar. Las enfermedades psiquiátricas, sobre todo de tipo psicótico como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o la depresión severa condicionan la actividad laboral y de ocio, si bien muchas personas con trastornos psiquiátricos, si están bajo tratamiento, pueden desarrollar numerosas actividades laborales e integrarse en actividades de ocio.

Las personas que de manera crónica padecen las afecciones y las alteraciones mencionadas sufren discapacidades que condicionan sus actividades. Una mayor sensibilidad de la sociedad hacia estos problemas, junto con ayudas económicas, permite la integración de estas personas en el campo laboral e incluso su participación en actividades deportivas que podrían ser inaccesibles en otros tiempos, lo que las hace más visibles en el ámbito laboral y deportivo.

 

4. Relacionadas con el tratamiento

Los fármacos y las drogas que afectan al sistema nervioso central dificultan la capacidad de discernir y de reaccionar de forma rápida ante una situación de peligro e impiden a la persona hacer trabajos que exigen una concentración intensa, como los que llevan a cabo los conductores de vehículos, los operarios de maquinaria pesada, los controladores de vuelo, etc. Lógicamente, estas sustancias también afectan a la capacidad para llevar a cabo actividades de ocio arriesgadas, como algunos deportes o algunas actividades de aventura. Aun así, estos psicofármacos permiten a muchas personas con trastornos psiquiátricos realizar muchas otras actividades tanto laborales como de ocio. Los medicamentos utilizados en la quimioterapia antitumoral tienen importantes efectos secundarios sobre el bienestar de la persona que limitan de forma transitoria sus expectativas en las actividades de trabajo o de ocio.

Medicamentos

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Última modificación: 20/03/20 08:11h

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