Información práctica

Estructura y función del cuerpo humano
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Los sistemas de la estructura y función del cuerpo humano, más directamente relacionados con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria, son:

 

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, de necesidades características y capaz de actuar deliberadamente para alcanzar las metas que se propone, asumir la responsabilidad de su propia vida y de su propio bienestar, y relacionarse consigo mismo y con su ambiente.

La idea de un ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual, todas las cuales experimentan procesos de desarrollo y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones en que se describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras, formando un todo en el cual ninguna de las cuatro dimensiones se puede reducir o subordinar a otra ni puede ser contemplada de forma aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes, y otros, por el contrario, son controlados o intencionados.

Teniendo en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente las modificaciones o alteraciones de algunos de los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en el desarrollo de esta actividad de la vida diaria:

 

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Relación con otras actividades de la vida diaria
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La comunicación es imprescindible para hacer saber a los otros que hay actividades vitales que no pueden iniciarse o completarse y que, para llevarlas a cabo con éxito, se necesita su ayuda. Ante los cambios o las situaciones nuevas la persona responde con cambios fisiológicos y de comportamiento expresados mediante variaciones en los patrones habituales de las actividades de la vida diaria. De esta manera estas variaciones se convierten en manifestaciones que comunican el estado emocional de la persona.

 

A través de la respiración también se expresa la tristeza, la alegría o el bienestar. La expresión de las emociones se acompaña de cambios en la frecuencia respiratoria. Aunque estas manifestaciones pueden controlarse, cuando son auténticas su manifestación no se domina. También el dolor en sus distintos grados puede expresarse con cambios en el ritmo; por ejemplo, el fuerte dolor se acompaña con inspiraciones profundas y a veces superficiales.

La persona también puede comunicar su estado emocional a través de su comportamiento con la comida. La tristeza y la angustia se acompañan de inhibición en el deseo de comer o con masticación lenta. Ante el nerviosismo algunas personas pueden tener una pauta contraria que las lleva a comer más de lo que habitualmente comen, ya que esto les produce alivio. El miedo y el asco pueden eliminar el deseo de comer, al igual que la sorpresa o el interés.

Así mismo, los cambios emocionales pueden reflejarse en un incremento de la frecuencia urinaria o en un aumento o una disminución del patrón de defecación; suele tratarse de personas que tienden a tener estreñimiento o diarrea.

La persona puede comunicar su estado emocional no sólo mediante los gestos y la expresión no verbal, sino por cambios en su psicomotricidad. Así, la hiperactividad es reflejo de ansiedad y falta de concentración o atención. El nerviosismo puede producir movimientos repetitivos de los dedos, los pies o las piernas, balanceos, cambios de postura muy frecuentes y falta de concentración y escucha. Dormir en exceso también puede manifestar tristeza, o no conciliar el sueño puede revelar preocupación, culpa o miedo.

Los cambios de los patrones habituales en todas y cada una de las actividades de la vida diaria son tan diversos como diferentes son las respuestas de cada persona. Por ello la observación y la autoobservación del cambio de manifestaciones habituales puede ayudar a identificar respuestas y afrontamientos de situaciones que están poniendo a prueba el bienestar psicológico de la persona.  



Evitar peligros y prevenir riesgos

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En función del grupo de edad y la etapa de desarrollo
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La interacción y la comunicación se ven influenciados, además de por condicionantes socioculturales, por aspectos como la edad y la etapa de desarrollo, y por algunas situaciones patológicas y los efectos de determinados medicamentos.

La interacción y la comunicación de la persona cambian en cada fase de la vida como respuesta a los cambios de los órganos de los sentidos, a los cambios emocionales y al aprendizaje.

En el aprendizaje, la infancia es un momento crítico. Existe una predisposición biológica que media en la forma de responder al ambiente, el temperamento, a partir del cual se experimentan las primeras experiencias sociales en las que la persona inicia su aprendizaje de la comunicación y comienza a desarrollar habilidades para la interacción. Los niños aprenden así cuales son las conductas más apropiadas para obtener de su ambiente aquello que necesitan. Por ejemplo, si el hecho de llorar para conseguir alimento o el hecho de sonreír para lograr la atención de los otros permite obtener estas metas, lo seguirán haciendo en el futuro como medio para conseguir estos fines; de lo contrario, si no les permite conseguirlo, lo dejarán de utilizar y desaparecerán del conjunto de conductas potenciales para la interacción. Otra estrategia de aprendizaje es la imitación, y es un modelo a imitar cualquier persona del medio, incluidos los personajes de ficción. Ahora bien, el factor más crítico para el aprendizaje de la interacción social es el modelado que ofrecen los padres. Los niños observan a sus padres interaccionando con ellos y con otras personas y aprenden su estilo verbal y no verbal. Los adolescentes y los niños tienden a imitar a quienes les superan en edad; y, en general, las personas adultas imitan a quienes tienen su misma edad y sexo y les resultan más atractivos porque presentan valores o intereses que comparten. 


El desarrollo de la comunicación y de la interacción se moldea durante el ciclo vital: 1. Intrauterino, 2. Recién nacido, 3. Preescolar, 4. Escolar, 5. Adolescente, 6. Adulto joven, 7. Adulto maduro, 8. Adulto mayor medio y avanzado.

 

1. Intrauterino

La primera experiencia sensorial es la táctil. En el vientre materno, el feto, cuando aún no tiene ni ojos ni oído, ya reacciona ante los estímulos táctiles.

Durante el embarazo, la madre se crea una imagen de su hijo a partir de la cual se relacionará con él. Las vivencias de la madre, sus reacciones emocionales, los estímulos ambientales, etc., se transforman en cambios corporales. Por ejemplo, los cambios en el ritmo cardiaco producen cambios en el mundo de estímulos del feto. Los movimientos del feto adquieren un significado para la madre, que la incitan a hablarle, a tocarlo, etc., y ello supone, a la vez, una nueva estimulación para el feto. El feto reacciona a los sonidos, puede distinguir entre la voz de un hombre y la de una mujer, y responde de forma particular a la voz de su madre.

La voz humana es para el feto un elemento de continuidad entre su vida intrauterina y la extrauterina. El diálogo establecido durante el embarazo favorece tanto en el bebé como en la madre el establecimiento del vínculo, la conducta de apego. 


2. Recién nacido

Al nacer comienza su interacción con el ambiente y comienza a recibir respuestas a través del tacto, e inicia así su aprendizaje emocional. Los niños muestran predisposición para la comunicación desde el nacimiento; se habla de la comunicación prelingüística. Muestran una preferencia por la voz de la madre frente a la de cualquier otro adulto, y se inicia así la conducta de apego, la tendencia a buscar la protección de los otros que permite lograr o conservar la proximidad con alguien a quién se percibe más capacitado para hacer frente al mundo. Su sensibilidad al sonido se suma a la del olfato. Al segundo día de vida distingue el olor de la leche materna. Emplea sus capacidades olfativas para relacionarse con la madre y percibir el ambiente.

El recién nacido se encuentra inmerso en un mundo de sensaciones agradables y desagradables. Comunica que no está bien a través del llanto, momento en que se hinchan las fontanelas anterior y posterior. Acompaña el llanto de gritos fuertes y vigorosos. En las primeras semanas el llanto no produce lágrimas. No distingue entre yo y los otros. Posee una distinción rudimentaria de los colores y las formas. Reacciona a los ruidos fuertes y repentinos.

Manifiesta el confort con la relajación de su cuerpo. Un entorno confortable de luz y de temperatura favorece su desarrollo. Se debe acompañar una voz cálida con los tonos apropiados. El contacto con los hermanos y los padres ayuda a comunicarse a través del tacto y de los olores. Es importante responder a su incomodidad con medidas que le alivien y le tranquilicen.

Aunque cuente con las capacidades y las tendencias necesarias para comunicarse e interaccionar, este proceso requiere tener a alguien con quien hacerlo. La calidad de la relación establecida con la madre −o su sustituto− tiene una gran importancia para el desarrollo de las destrezas comunicativas, pues el paso de la precomunicación a la comunicación dependerá, en gran medida, de su sensibilidad para captar las señales del bebé y de su capacidad para interpretarlas y ajustar su forma de responderle. 

 

Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)

Hacia la cuarta u octava semana aparecen la sonrisa y los gestos de placer ante la presencia de otras personas, que se expresan mediante la mirada, el movimiento de los brazos y las piernas y las sonrisas.

En los primeros meses el bebé localiza donde está el ruido, es capaz de distinguir los ruidos familiares de los desconocidos. Prefiere la cara y la voz humanas a otros estímulos y tiene la capacidad de imitar sonidos y gestos humanos. Con dos o tres semanas los bebés son capaces de imitar conductas de los adultos de manera inmediata, como por ejemplo sacar la lengua. Con seis semanas son capaces de reproducir algunos gestos de los adultos cuando están delante de ellos y en su ausencia. Alrededor de las cuatro a ocho semanas aparece la sonrisa social.

De las seis semanas hasta los seis meses el niño necesita interaccionar con otros humanos, necesita su contacto y llora si se le deja solo. Empieza a vincularse más estrechamente a la madre. Su conducta se centra en ella. Sonríe, balbucea y la sigue con la mirada más que al resto de las personas.

Hacia el sexto mes de vida el niño comienza a combinar sonidos emitiendo balbuceos. Estos sonidos se consideran una comunicación intencional que aparece normalmente durante los intercambios afectivos con los adultos.

De los seis a los ocho meses hasta los dieciocho a veinticuatro meses, el vínculo con la madre está establecido y el bebé muestra enfado y ansiedad cuando se le separa de ella. Suelen sentir tranquilidad sólo con el contacto de la madre; llora si, en presencia de la madre, le toma en brazos otra persona, aunque sea un familiar muy cercano. Sus conductas suelen dirigirse a captar la atención de la madre. Expresa su malestar y la pérdida de placer, el aburrimiento, el cansancio y las otras necesidades mediante gritos y llanto.

Al nacer es posible distinguir todos los sonidos que constituyen cualquier idioma humano, pero, una vez aprendido uno de ellos, esa sensibilidad desaparece. No importa cual sea la lengua materna que se aprenda, en este proceso se siguen siempre las mismas fases: balbuceo, frases de una sola palabra y frases de dos palabras con sintaxis y habla compleja. El ritmo con el que se pasa por cada fase varía entre los niños, aunque la edad media en que se produce cada paso es la misma en todas las culturas.

El periodo sensible para el aprendizaje de la lengua se sitúa entre los dos años y la pubertad. Después de ésta, la capacidad de aprender una lengua con facilidad se reduce. Los niños poseen una capacidad innata para aprender el lenguaje. Si están en contacto con una lengua la aprenden con rapidez sin necesidad de recibir una enseñanza específica.

Alrededor de los doce meses, el interés del niño por el rostro humano va cambiando, y alrededor del año los objetos del entorno empiezan a captar más su atención que la del cuidador. Comienzan a señalar objetos implicando a otras personas para tratar de llamar la atención para obtener el objeto o tratar de compartir la atención sobre el objeto con la otra persona. La exposición, la estructuración y la imitación de los sonidos de la lengua a la que está expuesto hacen que al final del primer año tenga cierta comprensión de dicha lengua y empiece a emitir las primeras palabras.

Es conveniente hablarle mucho, con ternura y en el tono adecuado, y alentarlo a producir vocalizaciones y sonidos. El cuidador debe esforzarse por interpretar su mímica y sus expresiones vocales. El hecho de enseñarle de dónde proceden los ruidos y ponerlo en contacto con los objetos le ayudará a conocer el entorno.

 

3. Preescolar (de 19 meses a 5 años)

En esta edad el lenguaje surge progresivamente. Es capaz de representar el mundo con palabras y puede manifestar más claramente sus deseos, problemas, necesidades y pensamientos. A partir de los dieciocho meses inicia el habla telegráfica, cuando el niño dispone de un número de palabras y las organiza para realizar emisiones creativas y originales. Durante el segundo año de vida se produce un espectacular uso del lenguaje. Hay un avance de la utilización intencional de los monosílabos a la emisión de secuencias de dos sílabas, que el adulto puede identificar como una palabra. Aproximadamente hacia los dos años y medio, el niño ya construye frases más largas e incorpora reglas gramaticales. A los tres años el léxico crece, va avanzando en la pronunciación y aplica el uso correcto del género, por ejemplo, el sol y no la sol. A los cuatro años se puede decir que domina las construcciones de las frases y tiene un repertorio fonético casi completo.

El niño desarrolla el pensamiento simbólico, lo que le lleva a dar valor y significado a los objetos y a las conductas propias y las de los otros. Manifiesta su desconcierto ante la frustración y su oposición ante las prohibiciones. Aunque es capaz de relacionarse con otros familiares adultos y otros niños, sigue apegado a la figura materna. El niño puede representarse mentalmente a la madre, de este modo es capaz de predecir que volverá una vez que se ha ido y ello elimina la experiencia de riesgo a perderla. A los tres años emplea distintos métodos para controlar la interacción con su madre y logra que ésta pacte con él algunos de sus tiempos de separación. Establecido un vínculo sólido con el niño, no necesita de la presencia física de la madre de forma permanente, pues sabe que contará con ella cuando así lo necesite.

Alrededor de los cuatro años descubre sus capacidad de pensar, “de hablar consigo mismo sin voz”, e interacciona haciendo uso de la memoria. Su comunicación y su razonamiento son egocéntricos, sólo es capaz de considerar su punto de vista. A esta edad explora sus genitales, toma conciencia de las diferencias sexuales y experimenta placer.

Para su desarrollo comunicativo es conveniente favorecer la expresión de experiencias, descubrimientos, ideas y sentimientos. Así mismo, variar los modos de expresión, ampliar palabras, utilizar juegos diversos, fomentar la música, la expresión corporal y los órganos de los sentidos también ayuda en el desarrollo de su comunicación. En este sentido, es importante ir ampliando progresivamente el círculo de relaciones con personas conocidas y enfrentarle a diferentes ambientes.

La experiencia de éxito y fracaso en las tareas que emprende y las respuestas que recibe de los otros ante ello llevan al niño a sentir competencia o inadecuación, lo que representa el primer paso en la construcción de uno de los dos componentes de la autoestima. La sensación de valía incondicional, el segundo componente, empieza a desarrollarse con la percepción de la aceptación de sus características, la experiencia de ser querido y ser aceptado que le devuelven sus padres. La imagen de sí mismo que los padres le devuelven al niño es el material a partir del cual éste parte para construir el autorespeto. 


4. Escolar (de 6 a 12 años)

Es capaz de expresar sus necesidades, pensamientos, emociones y problemas siempre que su entorno sea favorable a la comunicación. Su lenguaje es más elaborado y aplica el razonamiento y la lógica; ocasionalmente, puede ser desde crítico hasta jactancioso. Selecciona sus amistades, con las que comparte y adquiere conciencia de grupo y de pertenencia.

Para fomentar un desarrollo de comunicación saludable es necesario estar atento a la expresión de sus ideas, de sus conocimientos y de sus preocupaciones. Le favorece estimular la apertura de la red de amigos y el desarrollo de lazos con los hermanos. Es importante respetar su intimidad y no desvelar sus confidencias y secretos.

La capacidad del niño de evaluar por sí mismo sus acciones y sus características comparándolas con los valores sociales y las normas hace que la construcción de su autoestima dependa en mayor medida de sí mismo. Al mismo tiempo, al ampliarse su mundo social (escuela, amigos, etc.), obtiene información sobre su competencia y valía de múltiples fuentes, que, de acuerdo con las experiencias vividas en su primera infancia, podrá comparar y a partir de las cuales podrá llegar a sus propias conclusiones.

En este momento de la vida, con la autoestima ya formada, la idea que el niño tiene acerca de ésta incide en su conducta y afecta a sus percepciones, vivencias, propósitos y expectativas, a la vez que participa en la creación de hábitos de interacción con los demás más o menos útiles y asertivos. 

Infancia  

Chico y chicas hablando amistosamente

 


5. Adolescente (de 12 a 18 años)

En esta etapa la persona se “queda sin voz”, enmudece en sus relaciones con los adultos y sus respuestas se circunscriben a monosílabos. Puede tener manifestaciones excéntricas, de provocación, para llamar la atención de los otros y para sentirse diferente. Tiene conductas ambivalentes, por un lado, se revela contra su familia y, por otro lado, puede pedir apoyo de un adulto ajeno a ésta. Se arraiga en él un sentido de pertenencia al grupo y va descubriendo los roles sexuales y su identidad sexual. Se puede iniciar en las primeras relaciones sexuales. 

Es bueno que encuentre un adulto de referencia que muestre disponibilidad para la escucha y la empatía. Se debe estimular que se integre en grupos variados y que descubra el compromiso de la amistad y la relación amorosa.

En la interacción social entre iguales, empieza a tomar conciencia de la autoestima y la autocompetencia al valorar sus logros o fracasos académicos y afectivos. 

Adolescencia

 

6. Adulto joven (de 19 a 25 años)

El adulto joven, con los distintos roles que desempeña, suele contar con una red variada de personas con las que tiene que comunicarse. La socialización profesional le lleva a desarrollar diversas y complejas maneras para comunicarse e interaccionar. Desarrolla la necesidad de mantener relaciones de amistad, profesionales y amorosas. Comunica su personalidad a través de gustos, colores, música, aficiones, etc.

Para mantener unas relaciones sanas y eficaces es necesario conocer y llevar a cabo las normas codificadas de comunicación que se aplican en cada contexto y situación. Mantener una actitud de asertividad y de diálogo y negociación permite mejorar el autoconcepto y la autoestima. Encontrar la complementariedad en los diferentes tipos de relaciones, familiares, sociales y profesionales ayuda a su bienestar psicológico.

La autoestima es consciente y reflexiva. Va a ir evolucionado a lo largo de la vida a partir de experiencias de aceptación o rechazo, de logros o de fracasos, mediadas por el medio social y cultural, más que por el marco familiar. 


7. Adulto maduro (de 26 a 65 años)

En este amplio rango de edad no se pueden encontrar grandes diferencias. Las estrategias de comunicación e interacción están consolidadas en la etapa anterior. En esta etapa cobra mucho valor la comunicación de manera íntima y armoniosa con los amigos y la familia. La estabilidad de la pareja da seguridad. En edades más avanzadas, cercanas a la jubilación, en algunas parejas pueden surgir tensiones conyugales por el hecho de romper las rutinas. En otros casos, se redescubre la vida en pareja.

En etapas más avanzadas, la persona afronta la soledad y descubre la libertad. Puede vivir un periodo de desencanto al detectar cambios en sí mismo y al sentirse extraña con los demás. En edades más avanzadas surgen dificultades en la comunicación que derivan de la jerga generacional y profesional.

Para atenuar los efectos de la jubilación, es necesario equilibrar las relaciones amistosas de distintos ámbitos y las familiares. En caso de déficits sensoriales, como la pérdida de vista u oído, es importante corregirlos para no crear barreras en la comunicación. Así mismo, las personas mayores acusan la ausencia de interlocutores con los que establecer comunicación. 

Adultez

 

8. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante

Disminuyen las relaciones de algunos ámbitos, como la del ámbito profesional. Las reacciones cambian, sobre todo cuando se enfrentan a la pérdida de la pareja, con lo que se rompe la interdependencia entre los cónyuges. A medida que se van cumpliendo años, se produce una mayor separación intergeneracional, la persona mayor no comparte gustos ni formas de comunicación con las generaciones más jóvenes, y ello le lleva a sentirse diferente y en muchos momentos excluido.

En edades avanzadas, los déficits sensoriales y la disminución de la voz dificultan la comunicación, hacen que el diálogo sea difícil. El discurso suele estar centrado en quejas funcionales y en la soledad. Pueden parecer huraños y mostrar desconfianza ante los extraños, soportar mal las reuniones concurridas y necesitar más tiempo de relajación que de comunicación. No suelen querer establecer nuevas relaciones por miedo a perder a su interlocutor.

En esta etapa es necesario mantener y fomentar los contactos con el exterior con interacciones con familiares, amigos y vecinos, y mantener, según sea la resistencia de la persona mayor, un equilibrio del tiempo entre las relaciones comunicativas con periodos de descanso. Hay que evitar el bombardeo de estímulos sensoriales. Para suplir sus déficits sensoriales se aconseja situarse enfrente de la persona, hablarle despacio, escucharle y reformular las preguntas. Alentar que exprese sus emociones y preocupaciones le ayuda en su bienestar psicológico. 

Vejez 

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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad
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  1. En función de la patología

    1.1 Trastornos que alteran la percepción y la emisión del mensaje; 1.2 Trastornos en la captación y la comprensión del mensaje1.3 Otros trastornos1.4 Problemas de interacción
  2. Relacionadas con el tratamiento

La interacción y la comunicación se ven influenciados, además de por condicionantes socioculturales, por aspectos como la edad y la etapa de desarrollo, y por algunas situaciones patológicas y los efectos de determinados medicamentos.

 

1. En función de la patología

Cuando la persona tiene una enfermedad o un trastorno que afecta a la emisión del mensaje y a la captación del mismo, pueden verse afectados tanto la interacción social como el aprendizaje y la expresión emocional. Aunque las afectaciones y los trastornos que involucran a la comunicación e interacción son múltiples y complejos, los más frecuentes son: 

 

1.1 Trastornos que alteran la percepción y la emisión del mensaje 

  • Disfunciones del aparato fonador: pueden dificultar la vocalización, como la disfonía o la afonía.  

  • Trastornos de los órganos de los sentidos: cualquier alteración que produce una alteración de los órganos de los sentidos dificulta la captación de estímulos y mensajes, como por ejemplo las sorderas o las llamadas hipoacusias. Éstas son producidas por alteraciones en la transmisión del sonido desde el conducto auditivo externo, pasando por el tímpano y la cadena de huesecillos, o por alteraciones en la percepción, cuando se afecta el sistema nervioso, especializado en la transformación de las vibraciones sonoras en señales nerviosas y que está situado en el oído interno. Merece especial atención el caso de la otitis media, una inflamación del oído medio que puede ser aguda o supurativa y que se acompaña de una pérdida de audición repentina o gradual. 

     
  • Afectaciones del hemisferio derecho cerebral o patología del cerebelo: pueden dificultar hablar con claridad, es decir, que provocan disartrias. Estas alteraciones no son atribuibles a cuestiones mecánicas. Las hemorragias cerebrales o la enfermedad de Parkinson, por ejemplo, se asocian a dificultades del habla y de la escritura, a lo que se le añade la dificultad de expresar ideas. Las lesiones en el hemisferio derecho generan aprosodia, es decir, una alteración en la entonación, el ritmo y el tono. Quiénes las presentan tienen un tono de voz apagado sea cual sea su experiencia emocional (alegría o tristeza). La lesión de algunas áreas posteriores da lugar a la imposibilidad para comprender la prosodia en otras personas.  

     

    En el caso de la afasia de Broca, se conserva la comprensión pero la producción del habla está muy alterada y hay dificultades para leer en voz alta y para escribir. Los déficits van desde el mutismo total hasta el habla lenta formada por palabras simples, un habla telegráfica. Las personas que tienen este problema suelen presentar también parálisis parcial de la mitad derecha del cuerpo y pérdida de visión. En general, la producción del habla es poco clara y también afecta a la entonación, el ritmo y el tono de voz.  

  • Demencias orgánicas y psicosis: el lenguaje puede ser incoherente, sin conexiones lógicas en el discurso, con dificultad para recuperar las palabras y con creación de palabras nuevas. En el caso de la esquizofrenia, cuando existe un brote, el discurso está desorganizado y puede ser gramaticalmente incorrecto, y además puede incluir información innecesaria.  

 

1.2 Trastornos en la captación y la comprensión del mensaje

  • Enfermedades cerebrovasculares: suponen una destrucción de las neuronas o de su funcionamiento. Sea cual sea su origen (infeccioso, tumoral, degenerativo, resultado de traumatismo, pérdida del flujo sanguíneo, trastorno en el líquido cefalorraquídeo, déficit o exceso de neurotransmisores, alteraciones en la transmisión del impulso, etc.), pueden producir daños en las áreas de procesamiento o producción del lenguaje y afectarlo tanto en la expresión oral como en la escrita.  

 

1.3 Otros trastornos

  • Dislexia: es el trastorno de la escritura en la que los niños o adultos tienen dificultad para asociar las letras con los sonidos. Aunque las capacidades cognitivas e intelectuales están preservadas e incluso pueden ser superiores, suelen tender a leer algunas palabras al revés y les cuesta distinguir entre las letras que tienen una misma configuración pero desigual orientación (p y q; b y d), las cuales confunden tanto al leer como al escribir. 

     
  • Tartamudez: puede definirse como la repetición involuntaria de sonidos, sílabas o palabras. Estos bloqueos o prolongaciones en los sonidos producen un habla no fluida o con interrupciones. Se considera que pueden existir múltiples factores asociados a la aparición de la tartamudez, entre los cuales se incluyen factores genéticos, variables ambientales, anormalidades neurológicas, conductas aprendidas o bien una interacción entre diferentes influencias biológicas y ambientales. Se ha asociado con depresión, ansiedad, dificultades en la atención y una percepción de autoeficacia disminuida.  

 

1.4 Problemas de interacción 

  • Trastornos en el apego: los niños que presentan este problema mantienen con su madre una relación especialmente estrecha que les conduce a graves dificultades para interaccionar socialmente con personas distintas a ella. Sucede también al revés: madres con problemas en el apego que hacen de su hijo su figura de apego y el niño asume la responsabilidad de cuidarla, lo que dificulta sus interacciones normales con los otros.  

  • Trastorno severo y generalizado del desarrollo: comporta alteraciones en el lenguaje, como es el caso de algunos trastornos del espectro autista, en que la persona (niño o adulto) es incapaz de relacionarse con otras personas y comprenderlas. Si existe lenguaje, éste es pobre y estereotipado.  

  • Mutismo selectivo: los niños que presentan este problema no hablan en algunas situaciones o escenarios pero sí en otros. En general, se trata de niños que dejan de hablar en la escuela aunque siguen haciéndolo con total libertad en el seno de la familia o, por ejemplo, en situaciones lúdicas. Por esta razón, el mutismo selectivo suele detectarse cuando el niño comienza su etapa escolar. Aunque no están claras sus causas, se asocia con el abuso, la desatención o el trauma, pero se ha detectado que una variable contribuidora puede ser la ansiedad social; también existen argumentos que apuntan a la exposición del niño a patrones de conductas aprendidas dentro de la familia. Estos niños se describen como más dependientes, inseguros, inmaduros y físicamente más frágiles. Algunos de estos niños muestran una total recuperación, pero es frecuente que esta condición permanezca durante los años escolares y, en algunos casos, llegue hasta la edad adulta. 

 

2. Relacionados con el tratamiento

Fármacos que impiden la concentración y la coordinación 

Existen ciertas drogas que afectan a la capacidad de percepción y que además producen un aumento de la actividad psicomotora, por lo tanto pueden producir un aumento de la comunicación, si bien esta comunicación en ocasiones no sea coherente. Entre estas drogas hay la cocaína, las anfetaminas, el éxtasis, el LSD, etc. Otras ilegales tienen una acción inhibidora de la comunicación, como los derivados de la morfina y el cannabis.

 
Medicamentos
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Última modificación: 07/07/21 07:10h

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