Información práctica

Estructura y función del cuerpo humano
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Los sistemas de la estructura y función del cuerpo humano, más directamente relacionados con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria son:

 

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, de necesidades características, y capaz de actuar deliberadamente para alcanzar las metas que se propone, asumir la responsabilidad de su propia vida y de su propio bienestar y relacionarse consigo mismo y con su ambiente en la dirección que ha escogido.

La idea de ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual, todas las cuales experimentan procesos de desarrollo y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones en que se describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras y forma un todo, en el cual ninguna de las cuatro dimensiones se puede reducir o subordinar a otra ni se puede contemplar de forma aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes y otros, por el contrario, son controlados o intencionados.

Teniendo siempre en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en el desarrollo de ésta actividad de la vida.

 

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Relación con otras actividades de la vida diaria
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Las características y la frecuencia de las micciones y las defecaciones están moduladas por la interacción de la persona con el medio interno y externo, por lo que, para comprender la actividad de eliminar en toda su amplitud y complejidad, debemos tener en cuenta la importancia de la intimidad para el individuo. A continuación se exponen las siguientes situaciones: respirar, comer y beber, moverse, comunicarse, evitar peligros y prevenir riesgos.

 

Respirar: Generalmente, para el acto de expulsión, se necesita recurrir a la maniobra de Valsalva, que consiste en la contracción simultánea de los músculos espiratorios y de la pared abdominal manteniendo la glotis cerrada para impedir la salida de aire de los pulmones. Esto da lugar a un aumento drástico de la presión en la cavidad torácica y abdominal que se trasmite sobre los órganos abdominales y ayuda a completar la función de vaciamiento iniciada por el reflejo de la defecación. Las personas con pérdida de fuerza en la pared abdominal o con dificultad para el cierre de la glotis, como en el caso de las personas sometidas a una laringectomía (extirpación de la laringe) o en situaciones de gran dificultad respiratoria con imposibilidad de contener la inspiración durante cierto tiempo, pueden tener dificultad para llevar a cabo la maniobra de Valsalva y, por tanto, la defecación les será más difícil.


Comer y beber:
La cantidad y la calidad de alimentos y líquidos ingeridos condicionan la micción y la defecación. Cuando el balance de agua es positivo, es decir, la cantidad de agua ingerida excede al agua perdida por sudoración o respiración, el riñón se encarga de excretar el agua sobrante. Si esta cantidad es importante, condiciona un aumento en el volumen de orina y la orina es clara, menos concentrada en solutos y con menos olor. Una orina diluida contribuye a una disminución del riesgo de la formación de cálculos. Con respecto a la defecación, la cantidad de líquido, y la cantidad y la calidad de alimentos condicionan la motilidad intestinal y las características del bolo fecal.

El incremento de la fibra en la dieta se asocia a un aumento en la frecuencia de las deposiciones y a un mayor volumen de las heces. Su mecanismo de acción consiste en el aumento de la masa fecal por proliferación bacteriana y en el estímulo de la motilidad a través de ácidos grasos volátiles que se desprenden al ser destruidas la hemicelulosa y la celulosa por la flora bacteriana. Sin embargo, no está relacionado directamente con la distensión mecánica de la pared del colon ni con el aumento del contenido fecal de agua.


Moverse:
Se ha demostrado que al aumentar la actividad física se acelera el tránsito intestinal; incluso el simple hecho de mantener una postura erguida en personas inmovilizadas ayuda a mantener un ritmo intestinal adecuado. Por el contrario, la debilidad de los músculos del periné también puede ocasionar escapes de orina cuando aumenta la presión abdominal en situaciones como soportar peso, saltar o reír. Los escapes de orina o heces también se pueden producir cuando se asocia una limitación de la movilidad y una continencia débil del esfínter. En estas ocasiones la persona, aunque perciba la señal del deseo de orinar o defecar, no tiene suficiente agilidad para llegar al inodoro y quitarse la ropa en el tiempo preciso.


Comunicarse:
Las pérdidas de orina y de heces también pueden estar relacionadas con la capacidad que tenga la persona de comunicarse y pedir ayuda. Las personas condicionadas por su limitación en la movilidad pueden añadir otro impedimento: el de no poder comunicar su deseo de orinar o defecar. En estas situaciones, cuando la persona no ha sufrido un deterioro cognitivo y toma conciencia de su situación, las manifestaciones que pueden aparecer a nivel emocional son de rabia, culpa y sentimiento de pérdida de valía. 


Evitar peligros y prevenir riesgos:
Los escapes de orina o la pérdida de control de los esfínteres repercuten en las acciones de otras actividades, como por ejemplo la higiene. Las personas que sufren estas pérdidas tienen que aumentar su frecuencia y control del aseo de la zona uretral o anal para evitar la dermatitis (erupción cutánea extremadamente pruriginosa compuesta de protuberancias y ampollas) y los malos olores.

El respeto a la intimidad física es necesario para evitar la inhibición del reflejo. El deseo de miccionar o defecar puede ser inhibido, es decir, la persona puede retrasar la evacuación cuando siente que no tiene la intimidad necesaria que le permite relajar el esfínter bajo control voluntario. Generalmente, las personas han aprendido a relajar el esfínter en determinadas condiciones, por lo que tienen que rodearse de estas condiciones para realizar evacuaciones de forma satisfactoria.

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En función del grupo de edad y etapa de desarrollo
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  1. Neonato-lactante
  2. Preescolar
  3. Escolar
  4. Adolescentes y adultos
  5. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado

 

Es evidente que se pueden apreciar modificaciones de la micción y de la defecación asociadas al sexo y al periodo del ciclo vital. Esto es debido en parte a diferencias anatómicas (sexo), fisiológicas (procesos madurativos e involutivos) y a comportamientos aprendidos a lo largo del ciclo vital. 

 

1. Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)

La primera expulsión de heces que realiza el recién nacido a través del canal anal se denomina meconio y se produce en las primeras 48 horas del nacimiento. En la primera semana, gradualmente, el color de la materia fecal va pasando del negro al amarillo. La frecuencia y las características de las deposiciones varían en función del tipo de lactancia. El recién nacido suele defecar de 4 a 7 veces en un día debido a que su intestino absorbe poca agua y el recto se llena rápidamente, lo que provoca una evacuación automática, que, casi siempre, coincide después de una toma. Estos niños pueden orinar entre 10 y 30 veces diarias debido a que los riñones no poseen todavía suficiente capacidad para concentrar la orina.

La falta de maduración del sistema nervioso conlleva el hecho que los lactantes orinen y defequen automáticamente, sin control voluntario del esfínter externo. Las deposiciones pueden ser diarias, en función de la alimentación, y generalmente se producen después del eructo. Es recomendable que los cuidadores del niño exploren y controlen las características de las heces de los niños y extremen el cuidado de la piel de las zonas implicadas para prevenir la dermatitis (erupción cutánea extremadamente pruriginosa compuesta de protuberancias y ampollas) del pañal.


2. Preescolares (de 19 meses a 5 años)

Durante el primer y segundo año se alcanza la madurez plena de la función renal. El número de micciones va descendiendo conforme el niño crece. A la edad de tres años los niños pueden miccionar alrededor de nueve veces diarias. Las heces son de características similares a las del adulto, siempre que el niño haga una ingesta suficiente y adecuada.

El control de esfínteres se alcanza cuando existe suficiente maduración del sistema nervioso y muscular junto con un desarrollo cognitivo y emocional, de tal manera que se producen micciones y defecaciones voluntarias. Es aconsejable iniciar la educación del control de esfínteres cuando el niño ha comenzado a andar. Los padres dan gran importancia al control voluntario de los esfínteres por parte del niño y utilizan este hecho para comparar la progresión del niño con la de los otros. Aunque este es uno de los criterios de evaluación del desarrollo psicomotor del niño, por si sólo no es suficiente para determinar la adecuación del mismo.

Niño en el cuarto de baño haciendo sus necesidades leyendo

 


3. Escolares (de 6 a 12 años)

Durante esta edad el sistema urinario no sufre cambios importantes. La frecuencia y el ritmo de micción del niño se estabilizan a la edad de once o doce años, cuando se equiparan a las del adulto. En condiciones normales, los niños tienen control voluntario del esfínter diurno y nocturno, y no es frecuente tener que levantarse a orinar durante la noche.

En ocasiones puede aparecer enuresis, definida como una micción funcionalmente normal que ocurre involuntariamente durante el sueño, al menos cuatro veces al mes, en niños que ya han cumplido los cinco años (Díaz, 2002). En tales casos, los niños suelen rehuir las situaciones que requieren dormir fuera de casa por miedo a la vergüenza y la sensación de ridículo cuando otros descubran que se orina durante la noche.

Con respecto a la defecación, los niños a esta edad no suelen presentar problemas de encopresis (emisión repetida de heces ya sea involuntaria o intencional en lugares inapropiados, en un niño de 4 o más años de edad), ya que suele existir un control voluntario de la defecación. En estas edades, cuando al niño se le respetan sus horarios, suele adoptar un patrón intestinal para toda la vida que responda a los reflejos de la defecación, salvo que por condicionantes sociales dichos horarios se modifiquen. Por esta razón, se recomienda a los cuidadores que detecten el momento preferido por el niño para sentarse en el váter y que respeten dichos horarios diariamente con el fin de que adquiera un patrón regular de defecación. 

Infancia 


4. Adolescentes y adultos

Tanto los adolescentes como los adultos manifiestan patrones que se ajustan a los hábitos aprendidos y a los condicionamientos sociales.

Adolescencia
Adultez


5. Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante)

El proceso de envejecimiento conlleva una reducción del peristaltismo o movimiento intestinal y del tono muscular pélvico, una disminución de la concentración de la orina y de la capacidad vesical, y una mengua en la capacidad de retención del esfínter externo, lo que repercute en la eliminación de heces más duras y un peor control sobre las micciones.

En el adulto mayor avanzado se aprecia una reducción del número de neuronas que condiciona una disminución de la filtración glomerular y de la concentración de orina. La pérdida de filtración glomerular reduce la eliminación de los fármacos, lo cual prolonga su permanencia en el organismo y, por tanto, facilita que la persona mayor sea más susceptible a los efectos tóxicos de los medicamentos. Por ello es especialmente importante permanecer alerta ante la aparición de efectos secundarios y evitar la automedicación.

El efecto más apreciable del envejecimiento sobre el sistema urinario es la polaquiuria (aumento del número de micciones durante el día, que suelen ser de escasa cantidad). Esto se explica por una disminución de la elasticidad y de la fuerza contráctil de los músculos pubovesical y detrusor, lo que genera una menor capacidad vesical y dificulta el vaciamiento completo de la vejiga. También se acompaña de una disminución de la percepción del llenado vesical. A estos cambios se asocian la pérdida de movilidad y la ralentización de los reflejos, lo que provoca escapes de orina involuntarios. Estos fenómenos condicionan una mayor distensión vesical y vaciamientos incompletos de la vejiga.

En cuanto a la defecación, el envejecimiento tiende a ocasionar la evacuación de heces duras debido a una disminución de la motilidad intestinal, lo que conlleva a veces el riesgo de formación de fecalomas. Los fecalomas se pueden definir como una masa o colección de heces endurecidas o parecidas al cemento en los pliegues del recto, que son el resultado de la retención prolongada y la acumulación de material fecal. Es aconsejable controlar y regular la ingesta con alimentos que contengan fibra y así mismo programar un horario para realizar la evacuación.

Alimentación saludable: la fibra
Vejez

 

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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad
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Los comportamientos como la micción o la defecación se ven influenciados, además de por condicionantes socioculturales, por aspectos como la edad, la etapa de desarrollo y el sexo. Estos factores modulan los comportamientos y los distintos aprendizajes.

  1. En función del sexo 
  2. En función de la patología 
  3. Relacionadas con el tratamiento 

 

1. En función del sexo

Las diferencias anatómicas de la uretra entre hombres y mujeres condicionan la postura elegida para miccionar: los hombres en bipedestación y las mujeres en sedestación. Además la longitud de la uretra, más corta en las mujeres, justifica una mayor susceptibilidad de las mujeres jóvenes y adultas a las infecciones urinarias asociadas a la actividad sexual. No obstante, en edades avanzadas la incidencia de infecciones es similar en ambos sexos, debido a que el crecimiento de la próstata en el hombre mayor añoso es un factor predisponente.

Socialmente se produce un aprendizaje diferenciador entre los chicos y las chicas. Generalmente, las niñas van aprendiendo a tener un nivel mayor de pudor para miccionar o defecar y sienten culpabilidad o vergüenza ante las exposición de las partes íntimas. En cambio, los chicos aprenden comportamientos más relajados.

La cantidad de orina que desencadena el deseo de miccionar suele ser entre 150-200 ml, ligeramente mayor en la mujer que en el hombre. También depende de los hábitos de micción adquiridos durante la vida. Esta mayor capacidad suele llevar a distanciar más las micciones sucesivas en el caso de las mujeres.


Mujeres embarazadas

A partir de la semana doceava de embarazo, el aumento de tamaño del útero ejerce una presión sobre la vejiga, lo que disminuye la capacidad de almacenaje de ésta, y llega incluso a provocar pérdidas de orina en el último mes. Por lo tanto, es frecuente la polaquiuria (aumento del número de micciones durante el día, que suelen ser de escasa cantidad) debida a la presión que ejerce el útero sobre la vejiga. Además puede manifestarse poliuria (emisión de grandes cantidades de orina al día, superior a 2,5 l), a causa de la disminución en la capacidad de concentración urinaria, que se acompaña de una sensación de sed.

La compresión del útero sobre el intestino provoca cierta atonía intestinal, que se manifiesta en estreñimiento. Se recomienda que las embarazadas con heces duras aumenten el aporte de alimentos con alto contenido en fibra y que vigilen las situaciones que puedan favorecer la pérdida de agua, la cual se puede compensar con un aumento de la ingesta de líquidos. 

Embarazo

Mujeres postmenopáusicas

Cuando sobreviene la menopausia, hay una reducción de la producción de estrógenos (hormonas sexuales femeninas) que provoca una disminución del tono de los músculos del suelo de la pelvis y de la continencia del esfínter urinario. Este hecho favorece que ante el aumento de la presión intraabdominal desencadenado por la tos, el estornudo, la risa, etc., se produzcan pequeñas pérdidas o escapes de orina. 

Menopausia

 

Hombres con hipertrofia prostática

En este caso suele producirse inicialmente una hipertrofia del músculo detrusor (músculo de la vejiga), al intentar compensar el aumento de la resistencia al paso de la orina por la uretra prostática. Esta hipertrofia muscular produce una vejiga hiperexcitable con capacidad reducida, lo que desencadena polaquiuria. Además, la resistencia al paso de la orina genera un retraso en el inicio de la micción y una disminución en la potencia del chorro de micción.

 

2. En función de la patología

Hay alteraciones de la función o de la estructura de las vías urinarias y del intestino ante las cuales la actividad de eliminar adquiere mucha más relevancia para la persona, por lo que se aumenta la autoobservación y la toma de conciencia de las acciones implicadas en la defecación y en la micción.

  1. Con respecto a las disfunciones que afectan a la defecación se encuentran: 
    • Defecación dolorosa o dificultosa. Entre las patologías más frecuentes se pueden mencionar las hemorroides y las fisuras anales. 
    • Disminución o pérdida del control voluntario de la salida de heces. Las lesiones medulares como las paraplejías o los trastornos graves del sistema nervioso central, como accidentes cerebrovasculares y hemiplejías, suelen manifestar incontinencia. También pueden reducir la continencia las situaciones de debilidad de los músculos del suelo de la pelvis por edad avanzada, los partos múltiples, etc. Las intervenciones quirúrgicas que generen una salida de heces hacia el exterior por otra vía distinta a la del ano, como la colostomía o la sigmoidectomía, anulan temporalmente o definitivamente el control voluntario sobre la defecación y exigen unos dispositivos especiales para su recogida de forma higiénica. 
    • Aumento de la frecuencia de las deposiciones. Este caso suele acompañarse de una consistencia más blanda e incluso líquida de las heces. Se pueden mencionar las enfermedades siguientes: las inflamatorias intestinales, los tumores de colon, las infecciones intestinales, las alergias alimentarias, las enfermedades de causa inmune como la enfermedad celíaca, las alteraciones endocrinas como el hipertiroidismo y la insuficiencia suprarrenal, entre otras. 
    • Disminución del número de deposiciones inferior al normal, con heces duras y defecación dificultosa, es decir, estreñimiento. Este síntoma aparece en el caso de las hemorroides y las fisuras anales, ya mencionadas. El dolor inducido por la dilatación del ano al paso de las heces favorece la inhibición de la defecación, lo que retrasa la evacuación y acaba desencadenando en estreñimiento. Los tumores o determinadas lesiones de la pared del colon que dificultan el tránsito de las heces pueden producir estreñimiento intenso y de aparición rápida. Las enfermedades del sistema nervioso o de los músculos, por el trastorno en los movimientos intestinales o por la incapacidad de aumentar la presión abdominal, pueden generar estreñimiento, ya que se incrementa el tiempo de la materia fecal en el intestino y se favorece en mayor grado la absorción de agua de la materia fecal. Otras enfermedades psiquiátricas, como la depresión o la anorexia nerviosa, también se asocian al estreñimiento. Otra circunstancia a tener en cuenta es la presencia de fecalomas que aparecen en personas ancianas con alteraciones cognitivas, a causa de un insuficiente vaciamiento del colon. Los retrasos en la defecación van generando una masa fecal cada vez más compacta que acaba siendo imposible de evacuar. Esta masa compacta produce una irritación mecánica en la pared intestinal que estimula la secreción de la mucosa intestinal y provoca la expulsión de líquido fecal al exterior, lo que puede hacer pensar erróneamente en una diarrea, por lo que se ha llamado “falsa diarrea”. 
    • Alternancia de estreñimiento y diarrea. Suele acompañar al llamado síndrome de intestino irritable, que se caracteriza por una alteración motora del mecanismo psicosomático. En algunos casos predomina la diarrea y en otros, el estreñimiento. 
  2. Con respecto a las disfunciones que afectan a la micción se encuentran: 
    • Micción dolorosa o dificultosa, como en el caso de la hipertrofia prostática, que produce un retardo en el inicio de la micción, una disminución en la potencia del chorro de micción y, en casos extremos, dolor e incluso retención urinaria, con la imposibilidad total de realizar la micción. Las infecciones urinarias también causan micciones dolorosas y otros síntomas asociados, como tenesmo de micción (deseo constante de miccionar que no se alivia tras la micción), polaquiuria (micción frecuente o el aumento en el número de micciones)o hematuria (presencia de sangre en la orina). En ocasiones, los cálculos en el uréter producen síntomas similares. 
    • Disminución o pérdida del control voluntario de la micción. Las lesiones en la zona cortical pueden afectar la percepción de los señales de llenado y el control directo sobre el esfínter externo, por lo que, en estas ocasiones, se manifiesta incontinencia. Otro tipo de lesiones medulares, localizadas por encima de los centros reflejos de la micción, o patologías, como embolia o hemorragias cerebrales, meningitis, tumores cerebrales, esclerosis múltiple, etc., producen micciones automáticas, pero sin control voluntario. 
    • Derivación quirúrgica de la salida de la orina. Hay intervenciones que derivan la salida de orina por sitios distintos a la uretra, como las nefrostomías, las ureterostomías o las cistostomías, por lo que se anula, temporal o definitivamente, el control voluntario sobre la micción y exigen que se utilicen unos dispositivos especiales para la recogida de orina de forma higiénica. 
    • Fracaso de la función renal. Cuando el riñón no puede realizar bien sus funciones de depuración y de mantenimiento de la homeostasis se produce insuficiencia renal, que puede ser de forma rápida (aguda), generalmente reversible, o lenta (crónica), que puede requerir en casos extremos el tratamiento con diálisis o el trasplante renal. Es importante señalar que la insuficiencia renal no se manifiesta por problemas en la micción; sino que, en la mayoría de los casos, sólo se detecta por alteraciones en algunos análisis de sangre.

 

3. Relacionadas con el tratamiento

Numerosos fármacos afectan a la función de eliminación. Se agrupan de acuerdo con los efectos secundarios que afectan a la excreción urinaria o fecal.

  1. Excreción urinaria. Los diuréticos modifican la eliminación urinaria de forma específica: se utilizan deliberadamente para aumentar la cantidad de orina eliminada. Hay varios tipos según su potencia, el lugar de la nefrona donde actúan y los efectos secundarios metabólicos que inducen. Las personas que toman diuréticos notarán un aumento de la frecuencia y de la cantidad de las micciones.

    La función depurativa del riñón puede verse afectada por los efectos de fármacos como los aminoglucósidos, algunas cefalosporinas y antiinflamatorios no esteroideos. Existen otros medicamentos, generalmente de uso hospitalario y utilizados en enfermedades graves, que pueden inducir toxicidad renal, como varios quimioterápicos antineoplásicos, inmunosupresores y antiretrovirales, entre otros. Estos fármacos pueden resultar tóxicos para el riñón, sobre todo en las personas ancianas y en las que tienen ya de por sí disminuida su función renal.

    Otros medicamentos pueden alterar el reflejo de la micción; entre ellos están los antidepresivos tricíclicos, la morfina y sus derivados, algunos antihistamínicos, antiespasmódicos y sedantes. Es importante vigilar su uso en personas predispuestas a la retención urinaria, las que sufren trastornos prostáticos o alteraciones cognitivas. 
  2. Excreción fecal. De igual modo que los diuréticos en la eliminación urinaria, los laxantes se utilizan precisamente para aumentar la eliminación fecal. Su abuso puede producir diarrea y lesiones morfológicas en el colon. Como efecto colateral, varios fármacos pueden producir diarrea. Los que más frecuentemente lo hacen son los antibióticos, sobre todo los de amplio espectro, que alteran la composición de la flora intestinal normal. Otros medicamentos que, con menos frecuencia, también producen diarrea son los antihipertensivos, antidepresivos, antiinflamatorios no esteroideos, los utilizados en quimioterapia y algunos antiácidos.

    Con efecto contrario, otros fármacos que interfieren en los movimientos intestinales producen estreñimiento, como la morfina y sus derivados, los antidepresivos tricíclicos y los antagonistas del calcio (antihipertensivos), particularmente el verapamilo.

     
Medicamentos

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Última modificación: 11/11/21 11:02h

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