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autor/a
M. Inmaculada Besora i Torradeflot
Enfermera
M. Inmaculada Besora i Torradeflot
Enfermera
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Diplomada universitaria en enfermería (UB), y en educación infantil y primaria (UAB). Enfermera de atención primaria del Instituto Catalán de la Salud, en el Centro de Atención Primaria Passeig Sant Joan de Barcelona. Publicaciones: Coautora con M. T. Luis del libro Los diagnósticos enfermeros. Revisión crítica y guía práctica (Ed. Elsevier-Masson), publicación de varios diversos artículos en revistas de enfermería, y participación en la elaboración de diversos documentos publicados por el Instituto Catalán de la Salud (ICS).
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Equipo revisor
Carmen Fernández Ferrín
Enfermera
Carmen Fernández Ferrín
Enfermera
.
Profesora de fundamentos de enfermería de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Barcelona.
Experta en el modelo conceptual de Virginia Henderson, se ha interesado por el desarrollo disciplinar de la enfermería, especialmente por todo lo relacionado con la construcción teórica del mismo. Conferenciante y ponente en foros de discusión y formación profesional. Autora de Los diagnósticos enfermeros. Revisión crítica y guía práctica (8ª ed., Madrid: Elsevier, 2008) y de De la teoría a la práctica. El pensamiento de Virginia Henderson en el siglo XXI (3ª ed., Barcelona: Masson, 2005), así como de numerosos artículos.
Es miembro de la dirección científica de la Enfermera virtual y, como tal, ha participado en la definición de los conceptos nucleares que enmarcan la filosofía de la web, ha asesorado en la construcción de la misma y en el diseño de la estructura de las fichas. Así mismo, ha participado en la selección de los temas a abordar, en la revisión, desde el punto de vista disciplinar, de los contenidos elaborados por los autores y en la revisión final del material elaborado antes de su publicación en la web.
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Gisel Fontanet Cornudella
Enfermera y Educadora social
Gisel Fontanet Cornudella
Enfermera y Educadora social
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Adjunta a la Dirección de Programas del Colegio Oficial de Enfermería de Barcelona (COIB). Desde 1998, su actividad profesional se desarrolla en el marco de la educación y la promoción de la salud. Fue coordinadora y enfermera asistencial durante 6 años de una unidad de educación para la salud en la atención a personas afectadas de un problema de salud crónico del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, donde intercaló de forma pionera la atención presencial y virtual. Ha ido centrando su línea de trabajo en el desarrollo de proyectos en el campo de la tecnología de la información y la comunicación (TIC), en el ámbito de la salud.
Es autora de diversas publicaciones, tanto en el registro escrito como en el audiovisual, y de documentos de opinión referentes a la educación y a la promoción de la salud de las personas. Ha colaborado y ha participado en varias jornadas, espacios de debate y estudios de investigación, entre otros, relacionados con la aplicación de las TIC en el ámbito de la salud. Ha iniciado líneas de trabajo en el marco de la educación y la promoción de la salud en la escuela, como contexto de ejercicio de la enfermera.
Compagina la dirección técnica (análisis funcional, diseño y desarrollo tecnológico de la web) con la coordinación del proyecto y del proceso vinculado al desarrollo de contenidos de la “Enfermera virtual”. También es miembro del equipo revisor de los contenidos de la web en lo que a su vertiente estructural y pedagógica se refiere, en el marco de la educación y la promoción de la salud. Considera que las redes sociales y profesionales y, en general, la red 2.0 son un canal de comunicación con y para los ciudadanos, con un gran potencial desde la perspectiva de la educación y de la promoción de la salud, puesto que es un medio a través del que la persona expresa muy a menudo sus necesidades, deseos o inquietudes. Esta información es primordial para conocer el sujeto de la educación y en el tener cuidado.
Es miembro fundador del grupo Innovación y Tecnología del COIB @itcoib.
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Mª Teresa Luis Rodrigo
Enfermera
Mª Teresa Luis Rodrigo
Enfermera
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Profesora de enfermería medicoquirúrgica de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Barcelona. Se ha interesado desde hace años en el desarrollo y la utilización de las terminologías enfermeras (de diagnósticos, intervenciones y resultados), desde una concepción disciplinar de los cuidados. Conferenciante y ponente en foros de discusión y formación profesional. Autora de Los diagnósticos enfermeros. Revisión crítica y guía práctica (8ª ed., Madrid: Elsevier, 2008) y de De la teoría a la práctica. El pensamiento de Virginia Henderson en el siglo XXI (3ª ed., Barcelona: Masson, 2005), así como de numerosos artículos en distintas revistas científicas.
Forma parte de la dirección científica de la Enfermera virtual y, como tal, ha participado en la elaboración de los conceptos nucleares que guían el contenido de la web, ha asesorado en la construcción de la misma y en la selección de los temas a abordar; de igual modo, ha colaborado, siempre desde la perspectiva disciplinar, en la revisión de los contenidos elaborados por los autores y en la revisión final del material elaborado antes de publicarlo en la web.
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traductor/a
Roser Castells Baró
Traductora
Roser Castells Baró
Traductora
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Llicenciada en filologia catalana (UB), màster en escriptura per a la televisió i el cinema (UAB), i postgraduada en reportatge de televisió (UPF). Ha treballat com a lingüista especialitzada en llenguatges tècnics i científics al Centre de Terminologia Termcat, i com a assessora lingüística i traductora a la "Revista de la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya", entre altres entitats. Actualment, compagina l'activitat com a lingüista amb la de guionista. Ha col·laborat en la realització de diversos vídeos didàctics per al COIB.
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Manifestaciones del proceso de duelo
Factores y conductas de protección en el proceso de duelo
Factores y conductas de riesgo en el proceso de duelo
Manejo del proceso de duelo
El duelo en las etapas del ciclo vital
Manifestaciones del proceso de duelo
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Manifestar quiere decir mostrar, dar a conocer de una manera manifiesta, hacer saber alguien lo que piensa, lo que se propone hacer, lo que siente y expresarlo abiertamente.
Worden (1997), psiquiatra, agrupa las manifestaciones normales del proceso de duelo en:
cognoscitivas
,
afectivas
,
fisiológicas
,
conductuales
.
Cognoscitivas
Manifestaciones de incredulidad, se tiene la creencia de que la muerte de la persona no ha sucedido, de que es un error. Se genera confusión, aparecen dificultades para concentrarse y a menudo hay olvidos. Así mismo, hay preocupación, una obsesión sobre lo que se ha perdido, y un aturdimiento que provoca una intensa inquietud por reencontrar a la persona o al objeto de la pérdida que ya no está. Si la pérdida es la muerte de una persona querida, pueden aparecer alucinaciones visuales, auditivas breves y el sentido de presencia de la persona que ha muerto.
Afectivas
Manifestaciones de sentimientos de impotencia, insensibilidad, tristeza, apatía, angustia, rabia, frustración, culpa, soledad, enfado, ansiedad y añoranza.
Después de una pérdida significativa, se produce una identificación con lo que se ha perdido producida por los lazos afectivos que se han establecido previamente. Esta identificación da lugar a una sobreestimación de los componentes positivos de la relación. Los sentimientos de culpa aparecen por no haber hecho nada para evitarlo. Cuando la pérdida se refiere a la muerte de una persona y se produce después de un proceso de enfermedad largo, difícil y con periodos de mucho sufrimiento, los familiares pueden experimentar sentimientos de alivio. También se pueden experimentar sentimientos de rabia y enfado con el equipo sanitario cuando se cree que no se ha hecho todo lo que se podía hacer para salvar a la persona que ha muerto.
Fisiológicas
Se dan muchas posibilidades de enfermar, se tiene la sensación de vacío en el estómago, falta de aire, palpitaciones, opresión en el pecho, dolor de cabeza, falta de energía, alteración del sueño y de la alimentación, hipersensibilidad al ruido, debilidad muscular, boca seca y dolor.
El dolor por una pérdida es total: es un dolor físico, psicológico y social. El dolor físico aparece sobretodo en la fase más aguda del duelo como respuesta al estrés. El dolor psicológico produce un desbordamiento emocional, característico de las primeras etapas del duelo. Y el dolor social es la reacción natural de las personas que sufren la pérdida ante la situación, que es modulado por los propios valores y creencias.
El dolor es un síntoma que acompaña el proceso de duelo desde el inicio, pero que va disminuyendo su intensidad a medida que va pasando el tiempo. Se presenta como un dolor intenso, visceral y profundo. Es un dolor íntimo, es el dolor que hace saber que la persona o el objeto querido no volverán y que se está ante una ausencia para siempre.
Si la pérdida es por una muerte repentina o traumática, el dolor se asocia muy claramente al espacio y al recuerdo constante y persistente de la persona que ha muerto. En este caso, el dolor está estrechamente ligado al recuerdo de lo que ha sucedido y se acompaña de un deseo claro de no hacer nada para curarlo porque se cree que hacer alguna cosa para evitarlo o reducirlo sería una manera de empezar a olvidar. La necesidad de preservar el dolor ayuda a mantener muy viva y cercana la pérdida. Aunque haya la necesidad de relacionar dolor y recuerdo, esta asociación no ayuda a avanzar en el proceso de duelo; la presencia del dolor en fase aguda ha de ser temporal y no ha de durar más allá del primer mes.
Se debe pedir ayuda al equipo de salud cuando, pasado el primer mes, el dolor intenso no disminuye, dificulta seguir con las actividades habituales de la vida diaria, llega a ser incapacitante, provoca falta de concentración o dificulta avanzar en el proceso de duelo.
Conductuales
Manifestaciones de aislamiento social, se llora sin consuelo, se habla con la persona que ha muerto, se manifiesta hiperactividad o hipoactividad, pérdida de interés por las cosas, se deja de tomar tratamiento previamente prescrito por el control de una enfermedad crónica y se abandonan las curas básicas propias o las familiares.
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Factores y conductas de protección en el proceso de duelo
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Los recursos, tanto personales como del entorno, son indispensables para poder elaborar el duelo. Para que se produzca una buena evolución del duelo existen algunos factores y unas determinadas conductas que ayudan a conseguirlo.
Elaborar el proceso de duelo ayuda a entender e interiorizar lo que ha pasado y ayuda a poder hacer planes de futuro. Significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida, aceptar vivir sin el objeto o la persona querida y renunciar a la esperanza de recuperarla. Requiere que la persona haga una nueva definición de si misma y de su situación de vida para poder hacer planes de futuro.
La mayoría de personas pasan por todas las etapas, en cambio, otras sólo experimentan una gran depresión que las conduce hacia la resolución del proceso de duelo. Sin embargo, sea cual sea el proceso individual, siempre se habla de proceso de duelo curativo cuando se puede llegar a la etapa de adaptación a la
pérdida
.
Hay diversos factores que favorecen la elaboración de una pérdida de forma sana y, por lo tanto, su aceptación. Pero ninguno de estos factores es tan importante como el de poder contar con la presencia de otra persona que realice el acompañamiento del proceso de duelo.
Factores y conductas de protección
:
Tener información sobre el proceso de duelo, sus etapas y como hacer frente a la situación. Conocer los recursos del entorno, como por ejemplo los grupos de ayuda de duelo.
Tener compañía, de la pareja, de los hijos, de otros familiares, de amigos, de vecinos, de compañeros de trabajo. Los animales domésticos o de compañía pueden jugar un papel fundamental en la elaboración del proceso de duelo. Los animales hacen posible no desarraigarse de la vida y del entorno, permiten expresar afecto y facilitan la comunicación.
Poder conversar para expresar los sentimientos, las preocupaciones y los deseos, para conocer la opinión de los otros, para sentirse vivo y transmitir las nuevas expectativas, etc.
Rituales y ceremonias: Los rituales y las ceremonias que se llevan a cabo para despedir a la persona querida resultan de gran utilidad en el momento de elaborar una pérdida. Cada cultura tiene una forma propia de decir adiós a los muertos. Las ceremonias y los rituales sirven para acompañar y manifestar la estima de familiares y amigos. La mayoría de familias experimentan una gran satisfacción y agradecimiento al comprobar el afecto y el apoyo que demuestran las personas más cercanas durante el ritual. Ésta es también una vivencia que los acompañará de forma positiva durante toda la vida.
Los rituales protegen a las personas y a las familias en proceso de duelo, sobretodo cuando se puede respetar lo que quería la persona que ha muerto en el caso de que lo haya podido manifestar, y, si no lo ha manifestado, cuando la familia hace lo que cree que la persona que ha muerto habría querido que se hiciese. La expresión de duelo más social es dejar que los otros compartan estos momentos de sufrimiento y de tristeza. Por lo tanto, los rituales:
Ayudan a enfrentarse a la pérdida.
Muestran la realidad de la pérdida, la expresión pública del dolor de los familiares y los amigos.
Reflejan el reconocimiento social de la pérdida y permiten la expresión de solidaridad y apoyo.
Permiten despedirse de la persona que ha muerto.
Confirman, evidencian, que el grupo continúa vivo.
Evitar la anestesia emocional: a pesar del dolor que comporta cualquier pérdida, es importante evitar la anestesia emocional, es decir, sentirse completamente incapaz de percibir emociones, como si estuviese vacío. La anestesia emocional suele ir acompañada de la toma de
psicofármacos
, como sedantes, tranquilizantes o ansiolíticos. El hecho de medicalizar el duelo significa darle la categoría de enfermedad. La sedación excesiva por el uso de psicofármacos puede complicar la evolución adecuada del proceso de duelo y provocar un desplazamiento a un tiempo posterior y fuera de contexto de la expresión de los sentimientos sobre la pérdida. Se pierde la vivencia del proceso en el tiempo real, que es muy importante para elaborar un duelo normal.
En caso necesario, tiene que ser el profesional médico quien tiene que valorar si es conveniente prescribir medicación, el tipo de medicación y el tiempo que se ha de tomar.
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Factores y conductas de riesgo en el proceso de duelo
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Existen factores y conductas que merecen una especial atención porque indican una mala evolución del duelo.
La pérdida de un objeto o una persona querida se considera un factor vital muy estresante; por este motivo deja a las personas en proceso de duelo muy afectadas y con muchas posibilidades reales de enfermar. Hay estudios que relacionan directamente situaciones de estrés continuado con una disminución de la inmunidad de la persona, o sea, de lo que popularmente se llama las defensas del cuerpo que nos protegen ante algunas enfermedades. Así pues, se pueden desencadenar enfermedades psicosomáticas (enfermedades provocadas por la mente y que generalmente cursan con la presencia de manifestaciones orgánicas), cardiovasculares, ansiedad con depresión severa e intentos de suicidio. Cuando las emociones y los sentimientos no evolucionan de forma positiva en las diferentes etapas el proceso de duelo puede convertirse en un duelo complicado.
Los principales factores de riesgo son:
las circunstancias de la pérdida
;
la relación con el objeto o la persona
;
los recursos personales, familiares y sociales disponibles
;
factores adicionales en niños y adolescentes
;
posibles manifestaciones de duelo complicado
;
posibles manifestaciones de duelo complicado en niños y adolescentes
.
Las circunstancias
de la pérdida:
Muerte repentina o traumática (accidentes, fallo orgánico).
Muerte por suicidio.
Muerte por homicidio.
Muerte de un niño o de un adolescente.
Pérdidas múltiples a la vez.
Muertes precedidas por otras pérdidas recientes (sobretodo en los nueve meses anteriores).
Incertidumbre de la pérdida (cuando no se ha encontrado el cadáver).
Muertes que tienen lugar como resultado de catástrofes naturales o por causas bélicas.
Pérdida del trabajo por acoso psicológico (mobbing).
Pérdida de la vivienda por accidente.
La relación
con el objeto o la persona:
Pérdida de un hijo, de la pareja o de hermanos en edad joven.
Relación muy dependiente, ambivalente o conflictiva.
Relación que presenta un exceso de culpabilidad por quien sufre el duelo.
Pérdida indeclarable o inconfesable (casos de amantes y de relaciones ocultas).
Los recursos
personales, familiares y sociales disponibles:
Historia previa de duelos difíciles o duelos anteriores no resueltos.
Pocos recursos personales para el control del estrés.
Vivir solo, poco apoyo de la familia y de los amigos.
Problemas de salud de la persona que sufre el duelo a causa de alcohol u otras drogas.
Vivir lejos de la familia.
Poco reconocimiento sociofamiliar (real o percibido) del significado de la pérdida.
Dificultades económicas.
Factores
adicionales en niños y adolescentes:
Pérdida de la madre en menores de 11 años y pérdida del padre en la etapa de la adolescencia.
Falta de la persona responsable de su cuidado.
Adopción de conductas de riesgo: conducir sin precaución y sin utilizar medidas de protección, abuso de alcohol y de otras drogas.
Posibles
manifestaciones de duelo complicado:
Culpabilidad excesiva y asfixiante, deterioro de les relaciones familiares durante un periodo de largo tiempo.
Pensamientos intrusos negativos que entran en la mente sin control, como por ejemplo “no lo podré superar”, “tengo ganas de morir”, etc.
Punzadas de dolor intenso que persisten en el tiempo.
Intensa añoranza de la ausencia con una profunda tristeza sin ningún cambio en los primeros seis meses.
Tratar de evitar todo lo que recuerde a la persona o al objeto perdido.
Sentirse mal emocionalmente y sentirse culpable por estar vivo.
No manifestar los sentimientos. Anestesia emocional, es decir, que la persona no reacciona y no expresa ningún estado de ánimo, no puede expresar el llanto ni puede hablar de la pérdida.
Sentirse excesivamente frustrado, manifestando que no se encuentra sentido a la vida.
Posibles
manifestaciones de duelo complicado en niños y adolescentes:
Llorar en exceso durante periodos prolongados.
Rabietas frecuentes y en periodos prolongados.
Apatía e insensibilidad.
Problemas de sueño durante periodos prolongados.
Cambios en el comportamiento, hablar como un niño más pequeño, querer llamar la atención excesivamente, volver a tener pérdidas de orina cuando ya estaba adquirido el control.
Quejas constantes de dolor en todo el cuerpo.
Imitación excesiva de la persona que ha muerto; querer ocupar su sitio.
Cambios importantes en el rendimiento escolar. Fracaso escolar.
Expresión de sentimiento de abandono.
Relación negativa con una nueva figura en la familia (segundas parejas).
Expresión reiterada del deseo de reencontrarse con la persona que ha muerto.
Indiferencia hacia los otros.
Deterioro de las relaciones familiares, con los amigos o con la pareja.
Baja autoestima.
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Manejo del proceso de duelo
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Las personas, cuando se enfrentan con periodos críticos a lo largo de la vida, utilizan diferentes mecanismos de defensa o de afrontamiento que permiten y ayudan a continuar viviendo sin sufrir en exceso la angustia, la depresión o el miedo que invalida. Utilizar estos mecanismos o estas estrategias a veces quiere decir hacer regresiones, o sea, ir hacia atrás para obtener un respiro, apoyarse en lo que ya se conoce, lo cual ayuda a irse adaptando a la nueva situación.
Los mecanismos de defensa o las estrategias de afrontamiento que más se utilizan son: la negación (negar un hecho evidente), la proyección (proyectar la situación en otro contexto que no es real), la dependencia (ligarse excesivamente a otro y creer que forma parte de la propia existencia, crees que sin el otro no se es nadie), el estoicismo (no estar afectado por las pasiones, manifestar indiferencia tanto del placer como del sufrimiento). Las estrategias de afrontamiento no se han de considerar negativas en si mismas, sólo lo llegan a ser cuando su uso es constante, provoca sufrimiento adicional y es un impedimento para seguir evolucionando.
Cuando se ha de determinar si una estrategia de afrontamiento es adecuada o no se ha de tener en cuenta que éstas varían en función de si la persona es un hombre o una mujer. Las mujeres expresan sentimientos y buscan el apoyo externo con la pareja, los amigos o los profesionales de la salud; en cambio, los hombres intentan racionalizar y buscar explicaciones. Los valores que se transmiten en la mayoría de culturas han influenciado negativamente, sobretodo en lo que concierne a los hombres, a los cuales se les atribuye serenidad y valentía y el hecho de no manifestar los sentimientos y las emociones.
Evitar peligros y prevenir riesgos/capacidades biofisiológicas y psicológicas
Los expertos en los temas de duelo proponen adoptar una serie de actitudes que facilitan la elaboración del proceso:
Darse permiso uno mismo para sentirse mal. No escaparse de lo que se siente y permitir el llanto, no esconder el dolor y compartir la tristeza. El llanto actúa como válvula liberadora de la tensión interna.
Normalizar la pérdida y creer que es apropiado experimentar tanta tristeza.
Prepararse para las recaídas. Tener especialmente cuidado de los días señalados, como los cumpleaños, las navidades, las fiestas familiares, etc.
Buscar personas que permiten expresarse tal y como uno se siente en el momento concreto.
Sentir las emociones intensamente. Los sentimientos intensos como respuesta a la situación de duelo no son un desequilibrio emocional.
Aprender a vivir con la pérdida y tomar las propias decisiones. Independizarse emocionalmente de la persona o el objeto perdido y establecer nuevas relaciones.
Darse tiempo y saber esperar
Probar nuevas actividades. Es un proceso de ensayo y de error, de disciplina, más que de motivación.
Tener un objetivo claro y cumplirlo.
Si la pérdida se refiere a una persona que ha muerto, encontrar la manera de recordar y mantener vivo el recuerdo sin que haga daño, sencillamente tenerla presente, poder hablar de ella, buscar rituales sencillos para recordarla como (encender una vela, poner flores, etc.).
Reorganizar las cosas personales de la persona que ha muerto. No delegar este trabajo a otros; es bueno hacerlo cuando la situación lo permite.
Aprender a protegerse de las situaciones y de las personas que alteran el estado de ánimo, que inquietan y molestan, por ejemplo, situaciones donde hay mucha gente o personas que hablan mucho y dicen que es lo que se ha de hacer sin dejar espacio para la reflexión.
Tener presente que el apego al mundo conocido es un síntoma de inseguridad; sólo se conoce el pasado y quedarse en el pasado impide la evolución y conduce al estancamiento.
Participar en terapias de grupo que ayudan a compartir y entender lo que se siente.
Identificar sentimientos exagerados y pedir ayuda si es necesario.
Consultar al equipo de salud para descartar una enfermedad o el inicio de un duelo disfuncional si se prolonga en el tiempo (durante los primeros seis meses han de haber cambios y la aceptación de la pérdida se ha de haber producido durante los dos primeros años). Consultar al equipo de salud si no se dan las
manifestaciones
cognoscitivas, afectivas, fisiológicas y conductuales normales del proceso de duelo.
Cuando la persona que vive el duelo es un niño o un
adolescente
, es importante:
Explicar bien lo que ha pasado y dejarle claro que la pérdida es irreversible y que la persona que ha muerto nunca volverá.
En caso de que haya rituales, proponerle que asista a ellos. Esto le ayudará a entender mejor la pérdida e iniciar de forma más eficaz la elaboración del proceso de duelo.
Permitir ver el cuerpo de la persona o el animal de compañía que ha muerto, siempre que lo pida.
Ayudarle a expresar todo lo que siente y dejarle claro que se le seguirá cuidando.
Contestar a todas las preguntas que haga y dejarle claro que él no es el responsable de lo que está pasando.
Respetar la forma en que vive la pérdida. En general, los niños expresan el sufrimiento no tanto con la manifestación de sentimientos sino con un cambio de comportamiento y de actitud: cambios a la hora de comer, de dormir, de salir, cambios en el carácter, en el rendimiento escolar (bajo rendimiento, que a menudo es temporal).
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El duelo en las etapas del ciclo vital
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Hablar de pérdidas también significa hablar de la vida y del aprendizaje. Desde el momento del nacimiento la persona está sujeta a vivir en compañía de las pérdidas.
Todas las personas experimentan cambios a lo largo de su proceso de vida. Estos cambios se producen para poder adaptarse a las exigencias del entorno. Los cambios del cuerpo son la muestra de la evolución y del desarrollo desde el nacimiento hasta la muerte y forman parte del proceso de madurez.
E. Erikson (1985), psicólogo, considera que el ciclo vital, entendido como las etapas que atraviesa la persona a lo largo de la vida desde el nacimiento hasta la muerte, es un proceso de construcción de la propia identidad. F. Duquesne (1989), enfermera, describe que en cada etapa existen conflictos específicos, los cuales desencadenan mecanismos de afrontamiento que ayudan a adaptarse a la nueva etapa. La resolución positiva de cada una de las pérdidas ayudará a adquirir las competencias y las nuevas capacidades para evolucionar en la trayectoria de la vida.
1.
El duelo en la infancia
, 2.
El duelo en la adolescencia
, 3.
El duelo en la adultez
, 4.
El duelo en la vejez
1.
El duelo
en la infancia
Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)
Lo más relevante es afrontar las primeras separaciones, como la del paso de la lactancia materna o artificial, cuando el recién nacido se siente muy arropado, hacia una cierto distanciamiento del cuerpo de la madre. El neonato experimenta pérdidas, pero al mismo tiempo descubre otros alimentos que le proporcionan una nueva experiencia de sabores y texturas.
Desarrollo del concepto de duelo i de la muerte:
El recién nacido percibe la tristeza a través de lo que manifiestan y expresan los padres, pero no puede entender aún qué está pasando. Aunque por razones de edad no puede entender qué es la muerte, es muy sensible a la reacción del adulto, al llanto, a los cambios de casa y a la ausencia del contacto físico de la persona que ha muerto. Sabe que pasa algo y ello le afecta. Puede manifestar más llanto y mostrarse más inquieto, lo cual es una manera de hacer saber que existe y que quiere que estén por él.
Preescolar (de los 19 meses a los 5 años)
Es la etapa de la socialización, el momento de ir a la escuela y compartir juguetes con los hermanos y los amigos, lo que quiere decir experimentar la sensación de pérdida de control de lo que es suyo. Así mismo, desde casa y desde el mundo escolar se le exige más rigor en la disciplina y el esfuerzo. Esta nueva situación se puede acompañar de angustia y de comportamientos emotivos regresivos que le ayudan a reafirmarse en los nuevos roles. La pérdida más significativa es la de comprobar y asumir que ya no es único, sino que debe prepararse para saber compartir con los otros.
Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:
Hasta los cuatro años las personas, los objetos y los otros seres vivos no tienen un límite temporal, cualquier pérdida es vivida como un suceso puntual. No relaciona que la muerte quiere decir pérdida como un hecho definitivo, por lo tanto, la persona, el objeto o el ser vivo volverá a la mente del infante y su máxima preocupación será que no estén con él en ese momento. Ante la pérdida de un objeto o de una persona cercana se entristece mucho durante los primeros días, pero, en cambio, es capaz de adaptarse a la pérdida más rápidamente, sobretodo si está acompañado con estimación y comprueba que lo siguen cuidando y que no se queda solo. La principal diferencia entre la pena que siente un niño y la que siente un adulto es que en el niño aparece de forma intermitente, porque el concepto de la muerte es mágico, desaparece y vuelve a aparecer en breve.
Escolar (de 6 a 12 años)
Lo más relevante es el esfuerzo por el compromiso en las relaciones de amistad. El niño se ha de enfrentar a las exigencias escolares y ha de colaborar en las tareas familiares. A veces tiene que enfrentarse a rivalidades entre los amigos.
Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:
Desde los seis a los diez años percibe que morir es definitivo para los otros pero no para él. A partir de los once años empieza a entender que las pérdidas pueden ser definitivas e inevitables y entiende el fenómeno como irreversible y universal. La toma de conciencia le comporta tener miedo a la muerte y a veces se angustia al pensar que puede perder también a los padres y a las personas cercanas. Ante la muerte de personas muy cercanas puede experimentar el sentimiento de culpa al pensar que él con su comportamiento es el culpable de lo que está pasando.
Infancia
2.
El duelo
en la adolescencia
Adolescente (de 13 a 18 años)
Experimenta sentimientos ambivalentes como el deseo de querer ser independiente y al mismo tiempo tener la necesidad de que los padres le marquen un cierto control. Esta etapa es especialmente delicada si experimenta la separación o la muerte de los padres o de personas muy cercanas. Es una etapa en que se experimentan pérdidas evolutivas propias de esta edad, sobretodo los cambios corporales, que, a veces, implican una baja autoestima.
Desarrollo del concepto del duelo y de la muerte:
A partir de los trece años el adolescente entiende que la muerte y las pérdidas son definitivas e inevitables sin ningún tipo de duda. El pensamiento abstracto (capacidad de operar mentalmente, de formar conceptos y de resolver problemas), ya desarrollado en este periodo, hace que el adolescente consiga comprender la pérdida en relación con el espacio y el tiempo, es decir, entiende las consecuencias que pueden haber y se plantea dudas sobre si hay vida después de la muerte.
El hecho de tener que hacer frente a la pérdida de una persona querida y al mismo tiempo hacer frente a los cambios corporales, las dificultades y los conflictos propios de la edad hace que se añada más sufrimiento al proceso de duelo. La muerte del padre o de la madre en un momento en que se está haciendo el proceso de alejamiento físico y emocional hacia los padres puede hacer que el adolescente experimente un gran sentimiento de culpa. El adolescente a menudo no manifiesta espontáneamente lo que siente y se cierra con su dolor, no quiere hablar de ello porque no quiere añadir más preocupación a los adultos. El adolescente quiere responder como un adulto y quiere que los otros lo consideren así, pero ello no quiere decir que le sea fácil explicar la tristeza y la aflicción que siente. Invitarle a que participe en todo lo que pueda hacerle sentir útil y acompañarle en su pena le ayudará a aceptar la pérdida.
Los niños y los adolescentes son personas altamente sensibles a las pérdidas y merecen una especial atención. Viven las pérdidas de manera diferente que los adultos, por este motivo se han de proteger ante el dolor y la tristeza, lo cual no quiere decir que se les evite. Hay muchos mitos sobre lo que los niños y los adolescentes hacen o sienten ante el duelo que conducen al error de pensar que no pueden superar una pérdida, por ello muchas veces se les distancia del proceso de duelo, lo que puede provocar aún más dificultad en la elaboración de su propio proceso.
Los niños y los adolescentes evolucionan en la manera de pensar, adquieren recursos y fortalecen la personalidad mediante las experiencias que les ofrece el hecho de vivir, aunque es indudable que la pérdida de una relación profunda puede provocar interferencias en su desarrollo normal.
Adolescencia
3.
El duelo
en la adultez
Adulto joven (de 19 a 25 años)
El gran reto de esta etapa es la emancipación, vivir fuera de la casa de los padres, establecer nuevas relaciones, vivir en pareja o con un grupo de amigos. Es una etapa muy intensa y vivencial. Se experimenta la responsabilidad de crear un nuevo proyecto, de cuidarse, de alimentarse, de resolver la intendencia del día a día (comprar, limpiar, etc.). Nace un nuevo compromiso, un nuevo trabajo y unos nuevos compañeros. Es la entrada al mundo laboral, que, a veces, no corresponde al mundo que uno se había imaginado, ya que se debe invertir horas que se han de restar de las que se pueden compartir con los amigos o con la pareja. Las pérdidas que se experimentan van desde una nueva gestión del tiempo hasta asumir la responsabilidad total, como la que tiene el adulto. El adulto joven ya no tiene la protección del maestro ni unos padres que siempre están a su disposición.
Desarrollo del sentido del duelo y de la muerte.
A partir de los dieciocho años ya se tiene plena conciencia de lo que significa y, por lo tanto, las manifestaciones y la elaboración del duelo ya son en general las mismas que las del adulto.
Adulto maduro (de 26 a 65 años)
El adulto maduro va haciendo camino hacia la plenitud de la vida. A menudo coincide con el nacimiento del primer hijo que, junto con una gran ilusión, puede implicar la pérdida de intimidad de la pareja. En esta etapa se debe convivir con diferentes pérdidas, como la de los padres, la del trabajo, a veces la de la propia salud, etc. También se debe afrontar la soledad que se experimenta cuando los hijos se van de casa; hay parejas que pasan un verdadero proceso de duelo en estos momentos, puesto que es la clara manifestación de que los hijos ya no los necesitan y se echan de menos las risas, el ruido, las conversaciones y las discusiones de los hechos cotidianos que día tras día tenían con los hijos. Nace una nueva etapa de relación con la pareja. A veces se deben afrontar también divorcios o separaciones.
Adultez
4. El duelo en la vejez
Adulto mayor (de 66 a 74 años)
Se han de aceptar nuevos roles y afrontar la pérdida de trabajo por la jubilación laboral. Se han de aceptar los cambios por el envejecimiento del cuerpo, como la lentitud en las respuestas físicas e intelectuales. A veces la pérdida de salud puede implicar además la pérdida de autonomía para las actividades de la vida diaria y la necesidad de ayuda de otra persona. Se ha de afrontar la pérdida de poder adquisitivo y también las pérdidas por la muerte de la pareja y de los amigos.
Adulto mayor mediano (de 75 a 84 años) y adulto mayor avanzado (de 85 años en adelante)
A partir de los setenta y cinco años la persona es altamente sensible a las pérdidas y merece una especial atención. Es la etapa en la que se debe afrontar la mayoría de pérdidas evolutivas. Hay una pérdida progresiva de la energía (ya no se tienen ganas de salir, de hacer cosas) y también de la autonomía para hacer las actividades de la vida diaria. La mayoría de veces ha de afrontar la muerte de la pareja y a menudo también la muerte de los amigos cercanos. Estas pérdidas comportan perder la compañía, la sexualidad. También se han de afrontar enfermedades que invalidan. La vivencia del sentido de la muerte es muy cercana.
Vejez
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Última modificación: 27/06/2011
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