La historia de la alimentación está estrechamente relacionada con la evolución del hombre. Todos los seres vivos necesitan alimentarse para vivir. Los hábitos alimentarios del ser humano han ido variando para poder adaptarse al medio en el que se encontraba. El tipo de alimentos que el hombre ha tenido que comer para sobrevivir ha cambiado a lo largo del tiempo, porque se ha visto obligado a comer aquellos que tenía más próximos y eran más fáciles de conseguir con las pocas herramientas que tenía.
La enorme capacidad de adaptación del ser humano al medio y a las circunstancias hace que aparezcan diferentes modos de alimentarse en las distintas sociedades. Además, esto hace que los hábitos alimentarios de una población no sean estáticos sino adaptables a las lógicas variaciones de su entorno vital.
Del siglo XV a principios de XIX es cuando se fijan las principales costumbres alimentarias de la mayoría de los países europeos, costumbres que actualmente se conocen como cocina tradicional.
En estos siglos la alimentación era prácticamente la misma en España, Alemania, Inglaterra o Francia. El 60 % de la ración calórica de todos los europeos de clases bajas era la misma: pan y harinas de cereales. El pan se comía acompañado con muy poca cantidad de tocino, salazón, cebolla, ajo, aceite o cualquier otro producto que le diera un complemento de sabor o que disminuyera su sequedad. El pan que consumía el pueblo era siempre de aspecto negro o moreno, ya que para elaborarlo no se utilizaba trigo, sino otros cereales. Sin embargo, las clases aristocráticas tomaban el pan blanco de trigo.
El plato por excelencia de la mayor parte de las familias de la clase popular era la sopa y su acompañamiento: el cocido. Esta comida fue casi el único plato de la alimentación diaria desde la Edad Media hasta mediados del siglo XVIII.
El pueblo comía muy poca carne, generalmente sólo en fiestas señaladas o celebraciones familiares. La carne que más se utilizaba era la de ave o caza menor, seguida por la de cerdo, que era la preferida por la facilidad para conservarla.
Complementaban la dieta con el vino, la cerveza y, en algunas regiones europeas, la hidromiel (bebida alcohólica fermentada a base de miel y agua) y la sidra.
Los productos de huerta se consumían solamente en la estación en que se producían, y generalmente eran poco valorados.
A diferencia del pueblo, las clases altas basaban su alimentación en el consumo de carnes, cocinadas de diversas formas, y en la repostería. Durante el período que va desde el siglo XV hasta inicios del XIX, se produjeron importantes transformaciones en la mesa de las clases acomodadas, algunas de las cuales han pervivido hasta la actualidad. Los cambios que pueden considerarse más significativos son un refinamiento en la preparación y la presentación de los alimentos, la aparición de la mantequilla como grasa fundamental en la cocina de países del centro y el norte de Europa y, por último, la progresiva desaparición de las especias, tan presentes en la Edad Media, y su sustitución por nuevas formas de sazonar y salsear los alimentos.
Alimentación en la época actual en el Primer MundoA menudo se afirma que ha habido mayores cambios sociales y, en particular, mayores cambios en el modo de alimentarse de un país en los últimos 50 años que en todos los siglos anteriores.
Los avances socioeconómicos y los cambios técnicos que ha habido en todos los puntos de la cadena de producción de alimentos (agricultura, ganadería, producción, almacenamiento, venta…) han difundido y puesto al alcance de todos aparatos eléctricos, productos y modos de consumo impensables hace simplemente dos décadas. Sobre todo debido a la creciente mecanización.
Las sociedades modernas del Primer Mundo se caracterizan por la posesión, en sectores mayoritarios de la población, de más alimentos de los que pueden consumir, la generalización del consumo de sustancias químicamente puras, una mayor longevidad junto a una disminución de la mortalidad infantil, y el aumento de la mecanización, con la consiguiente disminución del trabajo físico y de las necesidades energéticas.
La forma de alimentarse en España ha variado sustancialmente. El hecho de disponer de una mayor oferta de alimentos, aunque mucho más transformados y procesados, en detrimento de los productos frescos sin elaborar, ha contribuido a este cambio, además de un mayor poder adquisitivo y de las transformaciones sociales. En conjunto se podría decir que la sociedad española consume en la actualidad gran cantidad de proteínas, ha disminuido el consumo de hidratos de carbono y ha aumentado de forma importante la ingesta de grasas.
Alimentación infantil Hasta los siglos XVIII y XIX, son muy escasas las referencias relacionadas con la alimentación de los niños. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de un cuidado y una alimentación específicos para la infancia. Los niños estaban expuestos a una muerte violenta, el abandono, las enfermedades y la malnutrición. Hay muchos interrogantes sobre la evolución de la infancia en los diferentes países, culturas, clases sociales y familias. Sin embargo, se conocen los cambios de valores y comportamientos en cuanto a como se han criado los niños en la historia del mundo occidental.
Los primeros hechos objetivos datan de los períodos egipcio y grecorromano, en los que la base de la alimentación de los niños pequeños era la lactancia materna, proporcionada por la madre –como era común en las clases pobres– o por una nodriza –como era frecuente en las familias de clases sociales altas–. En estos casos el pequeño vivía en casa de la nodriza, quien también se encargaba de su educación hasta la pubertad, momento en el que volvía con su familia y pasaba a ser educado por un pedagogo.
En los casos en que no era posible la alimentación con leche humana, se recurría a la leche de vaca; las de cabra u oveja se reservaban para la preparación de remedios y medicamentos.
Tras la lactancia o en caso de que el destete fuese temprano, en las familias ricas se alimentaba a los niños con pan mojado en caldo de carne, o con papillas de harina, manteca y leche diluida. Sin las adecuadas condiciones higiénicas y de conservación, utilizar leche de vaca tenía más riesgos que ventajas, y más teniendo en cuenta que la leche no se hervía, ya que se pensaba que se destruían sus propiedades nutritivas, por eso las enfermedades digestivas eran frecuentes.
En el caso de las familias pobres, la alimentación de los niños incluía legumbres, queso, frutas y, en pocas ocasiones, leche, por lo que el riesgo de tener problemas digestivos era menor; sin embargo, tanto en uno como en otro caso la nutrición de los niños era deficiente, con la consecuencia de una elevada tasa de mortalidad neonatal e infantil.
Estas costumbres están presentes hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando los poderes públicos comienzan a ocuparse de la infancia. Se reconocen las necesidades especiales de los niños, lo que hace evidente que no son adultos pequeños sino seres vulnerables en proceso de crecimiento y maduración. Se inicia una tendencia a la lactancia mixta, utilizando biberones de metal y más tarde de vidrio, ya que consideraban que la alimentación con leche materna exclusiva provocaba la pérdida de peso fisiológica del recién nacido en sus primeros días de vida, temían una sobrealimentación, ya que no se sabia la cantidad de leche ingerida cada vez que se mamaba, y consideraban que el destete era más fácil, porque el pequeño ya estaba acostumbrado al biberón.
En cuanto a la alimentación de los niños a partir de los dos años o de los adolescentes, no hay constancia de referencias específicas. Cuando acababa el período de lactancia y el pequeño podía masticar, su alimentación era igual a la de los adultos.