Las acciones que influyen en la respiración están condicionadas no sólo por los factores ambientales que se han descrito anteriormente, sino por otros biológicos como la edad y el sexo. Éstos, a su vez, están asociados a determinados comportamientos aprendidos en las diferentes etapas de la vida, que condicionan el acto de respirar y mantienen el sistema respiratorio en buenas condiciones.
- En función del grupo de edad y etapa de desarrollo
- En función del sexo
- En función de la patología
- Relacionadas con el tratamiento
1. En función del grupo de edad y etapa de desarrolloNeonato - lactante (del nacimiento a los 18 meses)
El bebé realiza los movimientos respiratorios utilizando principalmente los músculos abdominales, su frecuencia respiratoria y cardiaca son altas en comparación con el adulto. En los primeros meses, cualquier proceso inflamatorio de la mucosa respiratoria de vías altas y bajas puede comprometer la ventilación pulmonar del niño. Hasta los seis meses, el niño respira sólo por la nariz, en el caso de tenerla taponada, puede tener dificultades para ingerir alimentos, ya que no puede succionar y respirar a la vez. Es recomendable mantenerlo en espacios ventilados, con la temperatura ambiental y humedad adecuadas, y alejado de espacios con humos. Por otro lado, es necesario que el niño esté bajo la atención de profesionales cuando tenga tos o problemas respiratorios.
Preescolares (de 19 meses a 5 años)
El crecimiento del niño va acompañado de la maduración de los diferentes sistemas fisiológicos, entre ellos, el respiratorio. Como consecuencia, descienden progresivamente las frecuencias respiratoria y cardiaca en reposo, y se acercan a los valores del adulto. El niño de dos años tiene capacidad para contener la respiración, toser voluntariamente y sonarse. También es capaz de realizar inspiraciones y espiraciones forzadas y controladas. Las recomendaciones para los niños de esta edad son las mismas que para los más pequeños. Además es conveniente la actividad física para favorecer el desarrollo de la capacidad pulmonar y la resistencia física al esfuerzo.
Escolares (de 6 a 12 años)
A partir de los seis años, se produce un incremento significativo del diámetro de los bronquios y un aumento de la capacidad de distensión pulmonar, lo que hace que los niños de este grupo con cuadros de asma tengan menos comprometida la función respiratoria.
Infancia
Adolescentes (de 12 a 18 años)
En la adolescencia aumenta la capacidad pulmonar a medida que lo hace el tamaño de la cavidad torácica. Algunos autores señalan que el desarrollo cardiopulmonar es más lento que el desarrollo del resto del organismo; por tanto, los adolescentes tienen una menor capacidad respiratoria para el esfuerzo y una tendencia al cansancio.
Durante este periodo, acostumbra a iniciarse el hábito de fumar tabaco y otras drogas. Según el Plan nacional sobre drogas, la edad media de inicio de consumo de tabaco se sitúa en los 13,2 años. El 30,5% de los escolares de 14-18 años han fumado en el último mes y el 5% se definen como exfumadores. Las chicas tienen un hábito de consumo mayor que los chicos, un 35,8% frente al 25,2% de los chicos. Los jóvenes de 14 a 18 años acostumbran a fumar unos siete cigarrillos diarios (el 47,5% consume de 1 a 5 cigarrillos al día). Ante este hecho, es importante el compromiso de educadores y medios de comunicación en la puesta en marcha de campañas destinadas a reducir el tabaquismo en este grupo de edad.
Adolescencia
Adultos jóvenes y adultos maduros (de 19 a 25 años y de 26 a 65 años)
En los jóvenes, la capacidad vital es máxima. En edades como la del adulto maduro, la capacidad vital, que tiende a disminuir, puede mantenerse con el ejercicio físico. Por esta razón, se recomienda el ejercicio físico tanto al joven como al adulto.
Adultez

Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante)
Por encima de los 40 años ya se comienzan a apreciar cambios en la función respiratoria. A partir de esa edad se produce un estrechamiento del diámetro interno de los bronquios; esto condiciona la resistencia al flujo del aire. Estos cambios consisten en una pérdida de elasticidad de los pulmones, lo que conlleva una mayor dificultad para la difusión de los gases y una disminución de los flujos espiratorios. Además también se producen cambios degenerativos en la caja torácica y en los músculos respiratorios. También existe una menor contribución de los movimientos de la caja torácica en la respiración, por lo que la respiración se realiza, generalmente, con el diafragma; este músculo también pierde fuerza, de manera que el anciano está más predispuesto a la fatiga respiratoria. Los músculos intercostales laterales internos , que son importantes en actividades no ventilatorias como la tos y el estornudo, sufren una atrofia que se manifiesta a partir de los 50 años. También hay que tener en cuenta que con la edad aparecen las enfermedades respiratorias asociadas al tabaco y a la contaminación. Además, el anciano tiene una menor reserva respiratoria y una menor respuesta a cambios de la concentración de oxígeno en sangre.
Vejez
2. En función del sexoSe han descrito diferencias relativas al tamaño de los pulmones según las diversas etapas de la vida. Estas diferencias son visibles ya desde estadios fetales. El sexo femenino presenta unos flujos aéreos más elevados incluso en la vida adulta, aunque el tamaño medio de los pulmones es inferior en las mujeres, lo que sugiere que, en relación al tamaño pulmonar, la vía aérea femenina es mayor que la masculina. En cuanto a la reactividad de las vías aéreas ante procesos alérgicos, en la infancia y adolescencia, las mujeres tienen menos problemas que los hombres. Sin embargo, en las edades reproductivas, las mujeres tienen mayor prevalencia de procesos alérgicos que los hombres de su misma edad. Después de la menopausia, las mujeres vuelven al patrón de la infancia, es decir, presentan menos problemas alérgicos que los hombres.
Los factores socioculturales juegan un papel importante en las diferencias de género, es decir, las construidas socialmente y que no pueden explicarse por la diversidad sexual. Estas diferencias pueden manifestarse a la hora de percibir, comunicar e interpretar síntomas respiratorios, tales como la dificultad respiratoria, la tos, la producción de esputos y las alteraciones respiratorias del sueño como roncar. Los hombres admiten más fácilmente que producen esputos o que roncan, pero les cuesta más reconocer síntomas respiratorios como la dificultad respiratoria o la fatiga, que son más comúnmente manifestados por las mujeres. Estas conclusiones han sido constatadas con estudios en los que se han utilizado pruebas de función respiratoria fiables y se han tenido en cuenta otros factores como el consumo de tabaco, la exposición a tóxicos en el trabajo, el nivel educativo y la obesidad.
Las diferencias de género también quedan plasmadas en el hábito del tabaquismo. Según la Encuesta Nacional de Salud de España 2001, el porcentaje de hombres fumadores es del 42,1% y el de mujeres, del 27,2%. Al analizar la evolución del tabaquismo en España de 1987 a 2001, se puede observar que el consumo de tabaco en los hombres ha descendido sensiblemente (del 55% al 42,1%), en contraposición al aumento que ha experimentado el consumo en las mujeres (del 23% al 27,2%). Este aumento de mujeres fumadoras tendrá repercusiones sanitarias a medio y largo plazo en la mortalidad por cáncer y en las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Observando la tendencia durante este periodo en cada uno de los dos sexos, se comprueba que, en los hombres, el consumo de tabaco ha disminuido en todos los grupos de edad, mientras que, en las mujeres, se ha producido el fenómeno contrario, salvo en el grupo de 16 a 24 años.
Por grupos de edad, el porcentaje de población fumadora más alto se observa en el de 25 a 44 años (48,2%), seguido por el de 16 a 24 años (41,7%), tanto en hombres como en mujeres.
Mujeres en edad fértil
Parece que, en las mujeres en edad fértil, los cambios hormonales derivados del ciclo menstrual se asocian a cierta sensibilidad de las vías respiratorias. En el ciclo premenstrual hay una mayor sensibilidad a irritantes químicos y cierta disminución de los parámetros de la espirometría (prueba que consiste en respirar por una boquilla que está conectada a un instrumento llamado espirómetro, el cual registra la cantidad y el ritmo de aire inspirado y espirado durante un tiempo específico), especialmente durante el ejercicio físico.
Mujeres embarazadas
Durante los últimos meses de gestación, el diafragma es desplazado hacia arriba, de modo que disminuye la capacidad de expansión del tórax. Por otra parte, durante el embarazo, hay cierta interacción con las hormonas del feto, cuya reactividad bronquial es menor si se trata de un varón.
Embarazo
Mujeres posmenopáusicas
Después de la menopausia, el nivel de reactividad bronquial disminuye, pero puede aumentar si se utiliza terapia hormonal sustitutiva.
Menopausia 3. En función de la patologíaExisten diferentes patologías que pueden afectar la función del sistema respiratorio y hacer que la persona manifieste dificultad para respirar, hasta sentir, en ocasiones, una amenaza para su vida. Entre estas patologías, podemos distinguir las que afectan la ventilación pulmonar, las que producen trastornos de la difusión y de la circulación pulmonar y las que afectan el transporte de los gases a través del torrente sanguíneo.
- Afectación de la ventilación pulmonar. La ventilación pulmonar puede estar alterada por la obstrucción del paso del aire por el árbol bronquial. Las patologías más frecuentes que producen obstrucción son el asma y la enfermedad obstructiva crónica (bronquitis crónica), también denominada enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) o, más recientemente, obstrucción crónica al flujo aéreo (OCFA). Otras patologías menos frecuentes son las bronquiectasias, la fibrosis quística y la bronquiolitis. En todos estos casos se aprecia un aumento de la frecuencia respiratoria y una fase de espiración prolongada, a causa de la obstrucción. La persona que padece estas patologías se queja de dificultad para respirar o de falta de aire. Otros signos son la respiración con silbidos audibles, el aumento de volumen del tórax por atrapamiento aéreo y el tiraje, que consiste en el hundimiento de los espacios intercostales durante la inspiración, causado por un aumento de la presión negativa pulmonar en casos de obstrucción de la vía aérea.
La ventilación también puede alterarse por una restricción o dificultad en la movilidad pulmonar, que puede ser causada por enfermedades del tejido pulmonar como la sarcoidosis, la tuberculosis, la fibrosis pulmonar (en ocasiones producida por medicamentos o radiación) y la neumoconiosis.
Otras veces, la restricción puede estar motivada por alteraciones neuromusculares, como distrofias musculares, síndrome de Guillain-Barré, lesiones de la médula cervical o por alteraciones de la estructura osteoarticular de la caja torácica, como la cifoescoliosis severa, la obesidad o la espondilitis anquilopoyética. En algunos casos, se puede observar un aumento de la frecuencia respiratoria, con respiraciones superficiales.
En casos de lesiones neuromusculares, se aprecia una escasa movilidad de la caja torácica. La ventilación también puede verse comprometida de forma aguda por traumatismos torácicos con fracturas costales o después de la cirugía abdominal, al resultar dolorosa la inspiración.
- Trastornos en la difusión de gases. La membrana que separa el aire alveolar de los capilares pulmonares es extremadamente delgada y permeable, de modo que permite una rápida difusión de los gases; cualquier disminución de la permeabilidad va a alterar su difusión y, por tanto, la función respiratoria. Una de las condiciones clínicas más frecuentes en la que se altera el intercambio de gases es el edema pulmonar, que se caracteriza por la presencia de agua en la membrana alvéolo-capilar o en el interior del alvéolo, lo que dificulta la difusión de gases. El edema pulmonar puede ser consecuencia de enfermedades cardíacas u otras patologías que producen el paso de líquido al alvéolo por lesión en los capilares (distrés respiratorio). En estos casos, la disnea es el resultado predominante.
Las hemorragias pulmonares, causadas por la presencia de sangre en el interior de los alvéolos, también dificultan el intercambio gaseoso. En estas circunstancias, predomina la expectoración con sangre (hemoptisis). Las enfermedades, previamente citadas, que producen fibrosis pulmonar también afectan la difusión de los gases, ya que las fibras de colágeno se interponen en la membrana alvéolo-capilar. El enfisema, caracterizado por la destrucción de gran parte de las paredes alveolares y un aumento importante del diámetro antero-posterior del tórax, es otra causa de alteración del intercambio de gases.
- Ventilación alveolar
- Alteraciones de la circulación pulmonar. La circulación pulmonar puede verse comprometida en numerosas enfermedades cardíacas, como las malformaciones congénitas, por circunstancias que produzcan un aumento de la presión en la aurícula izquierda, como la estenosis mitral, y por enfermedades que impliquen directamente los vasos pulmonares, como el embolismo pulmonar o la hipertensión pulmonar.
- La oxigenación de los tejidos se puede ver comprometida por un aporte insuficiente de sangre, derivado de los trastornos del sistema circulatorio. Es decir, muchas enfermedades cardíacas o situaciones de shock (insuficiente perfusión sanguínea de los tejidos) pueden inducir un déficit de oxigenación tisular que puede manifestarse en forma de disnea y/o cianosis.
- Los cambios en la tensión arterial estimulan los receptores de la presión (baroceptores), y éstos, a su vez, estimulan el centro respiratorio. El descenso brusco de la tensión arterial estimula el reflejo y produce un aumento de la frecuencia y la profundidad. La estimulación dolorosa continuada y de cierta intensidad produce respiraciones más rápidas y profundas; cuando la estimulación dolorosa es repentina, puede producir apnea refleja. En estados febriles, la persona manifiesta un aumento de la frecuencia respiratoria y cardiaca.
4. Relacionadas con el tratamientoLos tratamientos farmacológicos pueden afectar tanto al centro respiratorio, estimulándolo o deprimiéndolo, como a la reacción del árbol bronquial, produciendo constricción o dilatación, presencia o ausencia de tos.
Los fármacos que más alteran el control de la respiración son los anestésicos inhalados, los opiáceos y los tranquilizantes menores. Los anestésicos inhalados, como el halotano, el éter y el óxido nitroso, causan depresión respiratoria, lo que produce una disminución de la ventilación alveolar en reposo y una disminución en la respuesta del centro respiratorio a los cambios de concentración de oxígeno y anhídrido carbónico en la sangre. Los opiáceos, como la morfina, la meperidina, el fentanilo y la metadona, producen típicamente un ligero aumento en la presión parcial de anhídrido carbónico (CO2) que, en sujetos normales, se aprecia por una disminución en la frecuencia respiratoria y respiraciones más superficiales. Los barbitúricos tienen efectos similares, pero su uso ha decaído durante los últimos años. Sin embargo, las benzodiazepinas (diazepam, lorazepam, midazolam, etc.), que se usan cada vez más, tienen propiedades depresoras sobre el centro respiratorio, incluso cuando se administran por vía oral a dosis estándares. En personas sanas, los efectos son mínimos y no se aprecian cambios en los parámetros de función respiratoria, salvo que se administren junto con otras sustancias depresoras como el alcohol. En personas con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), pueden inducir una hipoventilación notable. Cuando estos fármacos se administran por vía intravenosa, producen una disminución significativa de los parámetros de ventilación alveolar. El alcohol no produce descensos importantes en la presión parcial de anhídrido carbónico (CO2), salvo que el grado de intoxicación sea muy alto.
Por el contrario, hay otros fármacos que estimulan la respiración y aumentan la frecuencia y la profundidad respiratorias, como el doxapram, la teofilina y la progesterona, que activan directamente el centro respiratorio.
Otros fármacos, como los betabloqueantes, pueden ocasionar obstrucción bronquial en personas predispuestas, como las que sufren patología bronquial, como EPOC o asma. Los inhibidores del enzima de conversión (un grupo de medicamentos utilizados para el tratamiento de la hipertensión) pueden inducir una tos seca y persistente, que desaparece al suspender el fármaco y que no se asocia con ninguna patología respiratoria previa. En este grupo están el captopril, el enalapril, el ramipril y el quinapril, entre otros.
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