Moverse y mantener una postura corporal correcta:

Estructura y función del cuerpo humano

Los sistemas de la estructura y función del cuerpo humano, más directamente relacionados con el desarrollo de esta actividad de la vida diaria son:

La persona, hombre o mujer, de cualquier edad o condición, es un ser multidimensional integrado, único y singular, con unas necesidades características y capaz de actuar deliberadamente para alcanzar los objetivos que ella misma define, asumir la responsabilidad de su propia vida y bienestar y relacionarse consigo misma y con su ambiente.

La idea de un ser multidimensional integrado incluye las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual; estas dimensiones experimentan procesos de desarrollo y se influencian mutuamente. Cada una de las dimensiones que describe a la persona se encuentra en relación permanente y simultánea con las otras, de modo que forma un todo en el cual ninguna de las cuatro se puede subordinar a otra, ni puede ser contemplada de manera aislada. Por consiguiente, ante cualquier situación, la persona responde como un todo con una afectación variable de sus cuatro dimensiones. Cada dimensión comporta una serie de procesos, algunos de los cuales son automáticos o inconscientes mientras que otros son controlados o intencionados.

Teniendo siempre en mente este concepto de persona, y sólo con fines didácticos, pueden estudiarse aisladamente los procesos de la dimensión biofisiológica (estructura y función del cuerpo humano) implicados en ésta actividad de la vida diaria.
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Relación con otras actividades de la vida diaria

Hay otras actividades de la vida diaria que afectan tanto a la estructura ósea como a la función muscular y que pueden condicionar los movimientos corporales. A continuación se exponen las siguientes situaciones: respirar, comer y beber, comunicarse, evitar peligros y prevenir riesgos, trabajar y divertirse.


Respirar. La capacidad funcional respiratoria determina el aporte de oxígeno a los músculos y, por tanto, condiciona la resistencia a la fatiga muscular y, como consecuencia, el movimiento. Las personas con déficit respiratorio no toleran fácilmente la actividad física. Mantener la capacidad respiratoria o, en su defecto, adecuar la actividad física a la tolerancia respiratoria contribuye al bienestar de la persona.


Comer y beber.
La ingesta de alimentos lácteos, que proporcionan calcio, y de pescado, que aporta vitamina D, es importante para mantener el sistema óseo en condiciones. En personas por encima de los 50 años, una ingesta rica en calcio puede frenar la pérdida de masa ósea. La ingesta calórica elevada y superior a la pérdida ocasionada por la actividad diaria conlleva un aumento importante de peso, lo que sobrecarga el sistema osteomuscular, sobre todo las articulaciones, y facilita la aparición precoz de enfermedades degenerativas como la artrosis.


Comunicarse. Los movimientos y los gestos son un vehículo de comunicación con los demás. Cada persona adquiere sus modos característicos de desplazarse, de moverse y de expresarse corporalmente. Estos modos peculiares obedecen a la constitución física, a herencias genéticas, a aprendizajes culturales y a experiencias personales. Ciertas posturas y movimientos son aprendidos en la niñez por imitación de los adultos o de otros niños.

Los movimientos y la postura corporal suelen manifestarse como una expresión del carácter, la personalidad y el estado de ánimo de una persona. Detrás de cada movimiento hay un valor y un significado con el que se transmiten los mensajes y se refleja la individualidad. Cada persona da un valor a los movimientos al otorgarles un valor funcional, estético y expresivo. Así, una persona inquieta se caracteriza por una actividad continua, mientras que los movimientos de una persona tranquila son menos frecuentes y más pausados. 


Evitar peligros y prevenir riesgos
. La capacidad para realizar movimientos precisos y rápidos en los momentos oportunos es esencial para evitar peligros y defenderse ante situaciones de riesgo; así, por ejemplo, correr para evitar un atropello o huir en un incendio, desplazarse para poder avisar a otros cuando se precisa ayuda urgente, etc. Incluso las personas encamadas necesitan moverse para poder cambiar de postura y así evitar las úlceras en las zonas de apoyo de la piel. 


Trabajar y divertirse
. Hoy día, hay muchas enfermedades catalogadas como profesionales con afección del sistema muscular o esquelético. Muchas de estas lesiones pueden ser paliadas mediante la aplicación de medidas y productos ergonómicos. La ergonomía pretende que los objetos se adapten a las personas en vez de que las personas tengan que adaptarse a los objetos.

El deporte, bien sea por exceso de actividad o por falta de entrenamiento, es otra causa de lesiones. Actualmente, el exceso de deporte se considera un trastorno del comportamiento, llamado vigorexia, que se explica por diversos factores como respuesta a la equiparación de un cuerpo musculado a un cuerpo sano.

Es importante tomar conciencia de la mecánica corporal y de las posturas que se adoptan para adaptarse a los objetos, así como aplicar planes de acción correctores que permitan prevenir las lesiones a corto o largo plazo.
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Factores que influyen en el desarrollo de la actividad

Durante el curso de la vida, se producen cambios estructurales en los tejidos óseo, cartilaginoso, muscular y nervioso como consecuencia de la edad, las hormonas sexuales y las patologías, que condicionan el tipo y la coordinación de los movimientos implicados en diferentes actividades físicas.

  1. Edad y etapa de desarrollo
  2. En función del sexo
  3. En función de las patologias
  4. Relacionadas con el tratamiento 
 
1. Edad y etapa de desarrollo La remodelación ósea y el desarrollo neuromuscular modifican progresivamente la estructura y las funciones del sistema locomotor a lo largo del ciclo vital.

Neonato-lactante (del nacimiento a los 18 meses)

El recién nacido tiene una estructura ósea poco calcificada y su sistema nervioso inmaduro ocasiona movimientos simétricos, bruscos, no coordinados e involuntarios. A medida que el niño crece, va adquiriendo capacidad para coordinar y controlar la fuerza de contracción muscular y aprende a sostener la cabeza, a sentarse, a sujetar objetos y a manipularlos, a estar de pie, a andar solo, a correr, etc. La elasticidad del hueso todavía no completamente osificado y la gran amplitud de movimiento de sus articulaciones permiten al niño soportar ciertas tracciones mecánicas con poco riesgo de fracturas o lesiones.

Preescolares (de 19 meses a 5 años) y escolares (de 6 a 11 años)

La psicomotricidad del preescolar va madurando. Comienza a saltar y a coger objetos con precisión. A los dos años ya es capaz de andar sincronizando los brazos y las piernas, pero aún sin flexibilidad. A los tres años mejora el equilibrio, puede sostenerse de puntillas y puede hacer movimientos totalmente disociados. A partir de los cuatro años tiene dominio de la motricidad gruesa y la fina, que se manifiesta en los múltiples movimientos que acompañan a las actividades de la etapa escolar.

El niño en edad escolar acerca su alineamiento corporal al del adulto, logra un mayor equilibrio y una madurez psicomotriz que le permite realizar movimientos precisos y moderados. En esta edad adquiere un importante nivel de autonomía física. 

Infancia 
Adolescentes (de 12 a 18 años)

En la infancia y en la adolescencia, la osificación es más rápida que la reabsorción de calcio, por lo que el crecimiento prevalece sobre la destrucción ósea. El proceso constante de crecimiento del hueso provoca el paso de una estructura cartilaginosa en la infancia a formas y proporciones características de un hueso adulto al finalizar la adolescencia. 

Adolescencia 
Moverse

Adultos jóvenes y adultos maduros (de 19 a 25 años y de 26 a 65 años)


La formación del tejido óseo continúa incluso después de haber terminado el crecimiento de los huesos. Los procesos de formación y de destrucción ósea se equilibran entre sí desde la juventud hasta la mediana edad. Por lo tanto, los huesos no crecen ni reducen su tamaño. En esta edad la persona alcanza una gran potencia muscular que le permite realizar esfuerzos físicos y transportar grandes pesos. Sin embargo, la fuerza y la potencia disminuyen en el adulto maduro, cuando la pérdida ósea prevalece sobre la ganancia.

Adultez
Adulto mayor, adulto mayor medio y adulto mayor avanzado (de 66 a 74 años, de 75 a 84 años y de 85 en adelante)

Esta pérdida ósea es progresiva y, en algunas personas, puede ocasionar fracturas ante un pequeño esfuerzo. La pérdida de masa ósea también puede ser la causa de la compresión de los huesos que deben soportar el peso del cuerpo (huesos de carga), lo que, junto a los cambios del tejido muscular, contribuye a una disminución de la altura y a una modificación de la postura.

El envejecimiento provoca cambios en el alineamiento postural, de modo que se adopta una postura en flexión. Esta postura se caracteriza por una cifosis dorsal, protrusión de la cabeza hacia adelante y, en casos más severos, flexión de las rodillas. Se piensa que la pérdida de masa ósea contribuye al desarrollo de esta postura, pero hay causas no relacionadas con la osteoporosis que también la facilitan. Los cambios degenerativos en los discos intervertebrales y la falta de fuerza de la musculatura extensora de la espalda provocan un arqueamiento de esta parte del cuerpo que explica la postura jorobada característica de muchas personas mayores, denominada cifosis en términos médicos. Esta degeneración se asocia a su vez con la inactividad física.

En el proceso de envejecimiento se produce la sustitución de las células musculares por tejido conjuntivo no funcional, lo que conlleva una disminución de la fuerza de la contracción muscular. Hallazgos recientes demuestran que gran parte de esta reducción de la fuerza muscular relacionada con la edad se debe en realidad a la atrofia de desuso. La disminución de la amplitud de movimientos también es característica de esta edad y se acompaña de rigidez articular, coordinación menos eficaz, aumento del tiempo de reacción, alteraciones en la marcha con pasos más cortos y equilibrio inestable. Tal y como recoge la Encuesta Nacional de Salud de 2001, una cuarta parte de la población mayor de 65 años no es capaz de llevar a cabo las tareas cotidianas sin ayuda, un 11% no puede llevar a cabo actividades como cortase las uñas, un 12% no es capaz de andar una hora seguida o un 6% no consigue coserse un botón.

Otra alteración típica del envejecimiento es el deterioro de los tres sistemas que controlan la postura: el sistema vestibular del equilibrio, la visión y el sistema propioceptivo, que informa de la posición corporal. Estas alteraciones aumentan el riesgo de caídas en los ancianos. Las dificultades en la locomoción que afectan a los sujetos de edad pueden deberse a afecciones que modifican la unidad constituida por los músculos, los huesos, las articulaciones y el sistema nervioso.

Vejez
2. En función del sexoA partir de la adolescencia, se establecen diferencias en la configuración esquelética del hombre y de la mujer, que se plasman en el tamaño y el peso, ambos mayores en el esqueleto masculino. Las diferencias específicas de la mujer afectan a la forma de los huesos de la pelvis, que es profunda, ancha y abierta para responder a las funciones de la gestación y del parto. En cuanto a la fuerza y a la potencia musculares, se aprecia un aumento progresivo desde la infancia a la adolescencia, parecido en ambos sexos hasta los 13 o 15 años. Sin embargo, a partir de esta edad, las diferencias de sexo van aumentando dado que en las chicas apenas hay cambios, mientras que en los chicos el incremento tanto de la fuerza como de la potencia de la contracción muscular continúa hasta los 17 años (Doré, Bedu & França, 2001).

En edades más avanzadas, la pérdida de masa ósea es más intensa en la mujer posmenopáusica que en el hombre, por el cese de la actividad estrogénica.
3. En función de las patologíasCualquier enfermedad que afecte a los huesos, las articulaciones, los músculos y el sistema nervioso influye en el movimiento y en la postura corporal. Las diferentes patologías pueden agruparse en función del tipo de afectación que produzcan: 
  • Afectación ósea. En este grupo se puede encontrar la osteoporosis u osteopenia, caracterizada por la pérdida de masa ósea. La osteoporosis conlleva un aumento del riesgo de fracturas ante pequeños traumatismos o bien la aparición espontánea de aplastamientos vertebrales que limitan la movilidad de la columna por el dolor y modifican la postura y aumentan la cifosis dorsal. 
  • Afectación articulatoria. Las enfermedades de las articulaciones limitan la movilidad tanto por el dolor como por la rigidez que ocasionan. La más frecuente es la artrosis, una enfermedad degenerativa del cartílago articular que afecta fundamentalmente a las articulaciones que soportan carga como las caderas, las rodillas y los espóndilos (columna vertebral). También es frecuente la artritis de diferentes tipos (reumatoide, gotosa, psoriásica, etc.), caracterizada por un trastorno inflamatorio que puede ser monoarticular o poliarticular y que presenta los típicos signos de inflamación, dolor, calor y rubor. Las diversas enfermedades que producen artritis implican a diferentes articulaciones: las manos en la artritis reumatoide, por ejemplo, o los pies y las rodillas en la artritis gotosa. Así pues, se produce una limitación de la movilidad en la articulación implicada en cada caso. Con el tiempo, la artritis ocasiona deformaciones muy características y, en algunos casos, limitaciones irreversibles de la movilidad. 
  • Afectación muscular. Las enfermedades musculares pueden producir alteraciones en la movilidad, aunque con menos frecuencia que las anteriores. Algunas raras enfermedades hereditarias afectan al metabolismo muscular y, con el paso de los años, producen distrofia muscular (atrofia muscular progresiva) irreversible. En algunos casos, la distrofia muscular aparece ya en la infancia. Los síntomas principales son la falta de fuerza y el dolor muscular. Entre las enfermedades adquiridas de los músculos, están las derivadas de enfermedades que afectan a otros sistemas, como la insuficiencia cardiaca, respiratoria o renal crónicas, el fallo hepático y la anemia. Lo típico de estas situaciones es una debilidad muscular generalizada, una escasa tolerancia al esfuerzo que limita la movilidad sin perturbar a un grupo muscular concreto o a un tipo de movimientos específico. La fatiga es el síntoma predominante. En algunos trastornos endocrinos como la hiperfunción y la hipofunción tiroidea, además de la falta de fuerza, pueden darse calambres y dolor muscular (mialgias). 
  • Afectación nerviosa. Dado que el sistema nervioso es el que controla todos los movimientos, sus trastornos limitan la movilidad de forma muy peculiar, dependiendo del centro nervioso implicado. De hecho, la observación de las alteraciones motoras es clave para el diagnóstico de las enfermedades neurológicas. Los trastornos y las enfermedades del sistema nervioso periférico dan lugar a parálisis de tipo flácido con disminución del tono muscular y atrofia muscular (amiotrofia), que en general suelen afectar a la musculatura distal (pies y manos) y coexistir con trastornos de la sensibilidad. Las lesiones que involucran la corteza motora del sistema nervioso central dan lugar a diferentes tipos de trastornos motores, con pérdida de fuerza o parálisis del lado del cuerpo (izquierdo o derecho) opuesto al de la lesión; en estos casos, la parálisis no es flácida, sino que se caracteriza por la rigidez muscular. Si la lesión afecta a un área específica de la corteza, el área de Broca, se producen alteraciones en el lenguaje. En caso de lesiones a otros niveles, se dan alteraciones en la coordinación motriz, con incapacidad para realizar movimientos precisos (ataxia), limitación de movimientos automáticos como el andar, temblores, aumento generalizado del tono muscular, etc. Si existe una lesión medular completa, se produce una parálisis en ambos lados por debajo del nivel de la lesión, con tendencia al aumento del tono muscular (paraplejia).
4. Relacionadas con el tratamiento Los fármacos y las drogas pueden influir en la movilidad por múltiples mecanismos. Los medicamentos no afectan mucho a los huesos ni a las articulaciones, pero tienen efectos sensibles en el sistema nervioso y muscular. 
  • Afectación muscular. La inyección en los músculos de narcóticos como la heroína puede generar una intensa reacción fibrótica con contracturas y deformidades articulares. El abuso de alcohol causa debilidad muscular cuando se hace de forma intermitente y produce atrofia en abusos prolongados; además, también puede producir toxicidad en el sistema nervioso central y periférico.

    Los fármacos que más alteran el funcionamiento muscular son los corticoides. Usados a dosis moderadas o altas y durante más de un mes, favorecen la destrucción muscular y suelen producir una pérdida de fuerza proximal, de modo que el paciente tiene dificultades para levantarse de la silla y para subir o bajar escaleras. Además, si el tratamiento dura varias semanas, se produce una intensa atrofia muscular proximal. Los medicamentos utilizados para el tratamiento del SIDA también producen lesiones musculares que en ocasiones resultan difíciles de diferenciar de la propia enfermedad. 
  • Afectación del sistema nervioso. Los tratamientos sedantes con benzodiazepinas afectan a la atención y tienen un efecto relajante sobre los músculos, lo que puede causar falta de precisión y de rapidez en los movimientos. Es por eso que se prohíben cuando se realizan actividades motoras de riesgo como la conducción.

    Otras medicaciones con cierta acción sedante, como los neurolépticos, utilizados en el tratamiento de la esquizofrenia, favorecen los trastornos de la regulación motora con la aparición de movimientos anormales involuntarios (discinesias) o el aumento del tono muscular con rigidez intensa, sobre todo en personas predispuestas, como las que padecen parkinsonismo.

Medicamentos

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Última modificación: 14/03/2012
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